Experiencias útiles para estos tiempos

Para quienes peinamos canas la década de los ’80 tiene una evocación esplendorosa: había cuanto uno pudiera necesitar en los mercados y en cualquier cantidad, a precios ahora de ensueño.

La entrada en los 90 trajo la debacle en los países socialistas de Europa, entonces la comida se complicó como nunca. Hasta bistés de corteza de toronja fuimos capaces de inventar, y no había gas suficiente, cocinábamos con fogones de aserrín, leña o carbón, cuando aparecía. Ah, y los apagones menudeaban más que los alumbrones. Era el Período Especial.

¿Por qué el preámbulo? Porque entonces no nos rendimos, enarbolamos el Sí se Puede y, a puro pecho, logramos salir adelante. Hoy, para toda una generación ya treintañera, aquello es historia lejana, “una película” contada por los más viejos. En realidad, un verdadero filme y momento de audacia donde cada uno arrimó el hombro y aprendimos muchas cosas, útiles todavía para estos tiempos como el batallón agrícola 15 de Mayo que la dirección del Gobierno creó en La Fe.

Lo componía una representación de cada entidad o centro de trabajo que cedía parte de su personal por un mes; siempre sin afectar el cometido principal de la institución.

Había un camión larguísimo, más bien una rastra, a la que subíamos cada amanecer con una alegría y decisión tremendas; era como una fiesta: íbamos a preparar la tierra, a sembrar, a recoger lo que luego reforzaría nuestras cazuelas hogareñas.

Los campos no estaban lejos, comenzaban a unos tres kilómetros de La Fe, hacia el sur, por la Curva de los Cocos y se extendían por detrás de la comunidad Julio Antonio Mella hasta la cabecera de arroyo Santiago; y al frente de ese poblado continuaban por toda la falda norte de La Daguilla. Allí logramos excelentes producciones trabajando con las manos cuando no teníamos herramientas suficientes. Aquellas viandas las hicimos reaparecer en las tarimas de los agromercados –con todo orgullo– como salidas de un sombrero mágico, y en torrente imparable.

Lo cuento porque no es irrepetible. Yo estuve allí, como tantos, en el surco, y comparto la confianza de que aquella verdadera cornucopia de la abundancia no está clausurada. Ahora tenemos un fondo de tierras agrícolas superior a las 59 000 hectáreas.  Y –como resumió el reciente informe del Partido a su Asamblea Municipal– “…todavía no se logran los resultados esperados en la explotación de las áreas entregadas a usufructuarios, lo que evidencia que a las juntas directivas de las bases productivas les falta influencia, atención y exigencia sobre ellos”.

El referido documento, de primerísima actualidad y rector también para el mejor encauzamiento de la economía territorial, precisa a continuación: “La producción de viandas, hortalizas, granos y frutas no satisface la demanda de la población ni se logra un escalonamiento de las producciones que estabilice ofertas todo el año…”.

En otras palabras, el problema está bien determinado, se sabe cómo y por dónde enfrentarlo. Hay, además, una experiencia extra, también aplicable si fuera necesario, una hazaña local que genera confianza y con todo derecho perdura en el recuerdo: el batallón agrícola 15 de Mayo.

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