Evitar pérdidas por plagas y enfermedades en cultivos

Foto: Internet

Según la literatura especializada, alrededor de un 30 por ciento de las cosechas a nivel mundial son afectadas por plagas y enfermedades. Combatirlas del modo más drástico resulta el gran negocio para los laboratorios fabricantes de los agentes químicos convenientes. Sustancias todas que envenenan a los patógenos o vectores causantes de los daños, pero que resultan igual de perjudiciales para quienes ingieran después los frutos tratados con agentes tan agresivos.

Por eso, los consumidores que tienen la posibilidad de escoger optan por los frutos de producción ecológica, esos que nunca fueron tratados con agentes químicos.

En nuestro país todos los organopónicos siguen esta línea de producción y se les exige la no utilización de pesticidas, fertilizantes ni herbicidas que no sean naturales. Otras formas de cultivo siguen también la misma línea.

Organopónico La Celia. Foto: Yoandris Delgado Matos

Isla de la Juventud cuenta con un centro encargado de producir y suministrar insumos naturales tan eficaces como la Beauveria o el Trichoderma, entre otros. Pero no son suficientes ni se emplean siempre de acuerdo a sus requerimientos técnicos, esto implica que muchos cosecheros –debido a los costos del producto o desalentados por los escasos resultados– prefieren no utilizarlos o darles un empleo mínimo.

Y las cosechas pineras subsisten sin protección suficiente contra plagas y enfermedades. Un panorama muy poco esperanzador. Sembrar más tierras sin proteger los cultivos contra sus enemigos naturales equivale a malgastar recursos y esfuerzos que deberían tener resultados mejores.

Y la situación, en mi criterio, toca fondo: de 16 cooperativas solo siete cuentan con un técnico fitosanitario; las demás dependen de activistas que deben supervisar los cultivos cuando tengan tiempo disponible, luego de cumplir con los deberes de su contrato en otra función. Activistas que en estos momentos ni reciben el mínimo seminario mensual de actualización como se hacía antes de comenzar las restricciones impuestas por la covid-19.

Ayudan, en la medida de sus posibilidades, los especialistas de Sanidad Vegetal ahora desagregados de su centro y que hacen el trabajo a distancia, caminando, hasta donde les resulta posible, las distantes áreas de cultivo.

Ninguno dispone de medios de transporte automotor o animal para trasladarse de una finca a otra y realizar un trabajo de infantería que consiste, mayormente, en recorrer grandes extensiones de siembra y detectar a tiempo la proliferación de vectores o el ataque de plagas y enfermedades.

En consecuencia, que cada cooperativa tenga el técnico fitosanitario correspondiente y su trabajo reciba el respaldo necesario evitará mayores pérdidas en nuestra producción agroindustrial; lo cual resulta, a todas luces, una prioridad local impostergable.

Isla de la Juventud Opinión

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