Escobillón con rostro joven

Joven-Barrendero-1Son las cinco y cinco de la madrugada. Nueva Gerona aún duerme. Solo algunos van camino al trabajo; otros, en su mayoría jóvenes, regresan a casa después de disfrutar de las opciones nocturnas del verano.

 

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Fotos: Gerardo Mayet Cruz

Son las cinco y cinco de la madrugada. Nueva Gerona aún duerme. Solo algunos van camino al trabajo; otros, en su mayoría jóvenes, regresan a casa después de disfrutar de las opciones nocturnas del verano.

El silencio inunda la ciudad. A lo lejos se escucha un shiii, shiii, shiii, la limpieza de las calles recién comienza. Escobillón en mano, barre que te barre, Roli no se detiene, recoge aquí y allá.

“Me levanto bien temprano, pues vivo en Los Colonos y vengo en bicicleta, hay días que la limpieza es fácil, pero otros como La noche de los libros y las Fiestas Pineras son bastante agotadores por la suciedad de las calles”.

Usa overol azul, botas de goma y un sombrero grande para cuando avance la mañana el solo no maltrate su piel. La timidez brota de sus poros, sudados de tanto ajetreo. Las palabras no son su fuerte, sin embargo conversar con él fue fácil porque cuando se le conoce mejor, casi hay que mandarlo a callar.

“Escogí esta profesión por la alternativa de una mejor remuneración. Al principio me dio un poco de pena, me escondía dentro de las tiendas y tapaba bien mi cara con el sombrero para que no me reconocieran.

“Las personas se asombraban de ver a un joven realizar esta labor, pensaban que cumplía alguna sanción, pero poco a poco con el apoyo de mis compañeros y de mi familia he salido adelante, en especial de mi padre”, expresa y sus ojos se humedecen.

Joven-Barrendero-2Es que mencionar a quien le enseñó el camino de la vida desde los ocho años, le anuda su garganta. Cuando quiso flaquear ante las miradas discriminatorias de este oficio, ahí estaba la mano paterna sobre su hombro y el consejo oportuno.

“Disfruto ver mi trabajo terminado, esta es nuestra casa grande; la gente lo agradece y así me lo han demostrado los vecinos de las áreas que limpio, me brindan café, agua…, son solidarios conmigo. También apoyamos en el cuidado de los parques, para que no rompan los bancos y apagar las luces cuando amanece”.

Con sólo 26 años, Rolando Juan Pérez González es uno de los ocho barrenderos más jóvenes de la Unidad Presupuestada de Servicios Comunales, y en los tres años de labor demuestra la valía de estos  oficios, reservados hasta entonces a personas de bajo nivel cultural o de avanzada edad.

“Estudié técnico medio en Gastronomía, apenas lo ejercí, después comencé a trabajar como panadero, pero lo dejé por temor a las madrugadas, y mira usted… ahora es mi mayor aliada”, subraya mientras continúa con el ir y venir de la escoba; acompañado de su “carrito” por las calles 39 y 20, desde Rumbos hasta CADECA y de la Casa del Vino a La Vajilla.

Acerca de sus anécdotas habla emocionado, sin dejar de regalar una sonrisa pícara y es que ha tenido aciertos y desaciertos, pero reconoce que las personas tienen más cultura ambiental y valoran su trabajo, cuyo beneficio se palpa en mayor belleza e higiene de la ciudad.

Agradece a esta actividad su relación actual, un piropo feminista lo cautivó, pues en esas mañanas de arduo quehacer conoció a su pareja, quien en el hogar no le permite “tocar ni una escoba”.

“Aunque es una labor bastante sacrificada, porque no puedo salir a disfrutar en las noches como otros muchachos de mi edad ya que me  levanto bien temprano, ser barrendero es un oficio como otro cualquiera, para nada bochornoso. Creo que las personas no se miden por el trabajo que realizan sino cómo lo hagan”.

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A Rolando, un joven muy querido por sus compañeros, se le puede encontrar siempre “cogiendo un diez” en el parque 15 de Mayo, “este es mi lugar de descanso y de velar porque se mantenga la limpieza durante el resto del día”.

Su tiempo libre lo aprovecha muy bien, “nací y vivo en el campo, después de terminar mi jornada siembro boniato, yuca… y crío puercos, lo importante es hacer algo útil”.

Quizás pocos oficios son tan humildes y a veces tan ignorados, pero importantes como cualquiera, pues además de belleza, los barrenderos producen salud y evitan enfermedades.

A esos hombres nobles y sencillos, que en el anonimato realizan su labor deberíamos ayudarlos y proteger cuanto hacen en bien de todos para así lograr una ciudad pulcra cuando salga a iluminarla el radiante sol de cada día.

 

 


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