En Agua Santa agitan un serio empeño

Muestra de algunas producciones a modo de prueba. Foto: Wiltse Javier Peña Hijuelos

En la finca de frutales Agua Santa, con el arroyo de igual nombre cruzándola al fondo, se fomenta ahora la segunda minindustria de La Fe. Hacia allí me encaminé con el fin de conocer qué están haciendo y cómo les va con este proyecto, pero no encontré, en el primer momento, a quien la encabeza, el productor Raudel Rives Pantoja, lo cual después de todo fue una suerte. Me atendió su esposa, Annerys Rivas Ávila, como si dijéramos la economista, comunicadora oficial y horcón del centro en la consolidación de este loable propósito.

La ralladora –despulpadora de cocos que opera Annerys– evita riesgos y centuplica la productividad.

“Está involucrada toda la familia –adelantó–: mi esposo y mi hijo mayor, técnicos veterinarios los dos; yo, licenciada en Informática; y un primo de mi esposo, Jorge Luis Flores, a quien en broma le decimos El Tecnólogo porque es el de las innovaciones. Hizo la máquina para moler, las tapadoras de botellas, reparó la selladora, hizo los coladores de la pulpa… todo rústico, artesanal, como debe ser una minindustria para que nada la pueda detener”.

Jorge Luis se encarga de mantener la maquinaria rústica.

De momento allí no había actividad aparente, Raudel y Jorge Luis andaban lejos, en su carretón buscando frutas y hortalizas para la siguiente tanda de elaboración.

“Hoy visitan a los diferentes productores que colaboran con nosotros. Pertenecemos a la CCS José Martí y utilizamos el punto de venta de la cooperativa para dar salida a las producciones”.

Buscaban los residuos de cosecha, cerrando ciclos productivos porque “en los campos quedan sin recoger hasta un 20 por ciento (%) de los productos, y eso duele. Producirlos costó lo mismo que los de primera, segunda o tercera calidad y si no se llevan a la minindustria los pierde tanto el finquero como los posibles consumidores, el pueblo. Muchos, como el tomate, ni los animales los comen… ¿Imagina lo que significa el 20 % de todos los productores en la Isla?”

No en vano la máxima dirección del Gobierno está llamando al fomento intensivo de las minindustrias, alternativa de empleo por cuenta propia y excelente vía para el aprovechamiento máximo de lo que se produce con tanto esfuerzo y enfrenta, en parte, el riesgo de perderse.

De tales “residuos de cosecha”, la minindustria de Raudel, Annerys y familia ha recuperado ya más de 8 000 bolsas de 500 gramos cada una en puré, encurtidos, cocada, dulces, jaleas y mermeladas.

Estamos a mediado de entrevista cuando regresan Raudel y Jorge Luis. Traen una carga sustancial y se les nota la alegría: mañana habrá jornada a tiempo completo.

Raudel termina de cargar la despulpadora, otra invención de la familia.

Mientras cargan las máquinas para hacerme una demostración fotografiable, Raudel me entera de por qué todavía no pueden lanzarse a fondo; o sea, producir en grande.

Sucedió que el certificado de su tierra se extravió en la Delegación de la Agricultura y desde aquel día lejano, casi dos años atrás, hacen gestiones reiteradas para salir adelante y obtener la licencia sanitaria que les permita legalizarse; entonces podrán contratar trabajadores e incrementar sus producciones.

“Por eso tampoco tuvimos acceso –puntualiza Raudel– a otras materias primas necesarias como sal, azúcar, vinagre, conservantes…”.

Esta rémora se conoce por las actuales autoridades del territorio y ahora, por fin, está en vía de solución, nos adelanta el inagotable productor antes de responder la última pregunta: Abogas por la creación de muchas minindustrias, ¿no temes a la competencia? “Para nada. Debería haber al menos dos por cooperativa. La competencia no mata, está en la calidad, no en la cantidad de minindustrias”.

Isla de la Juventud

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