Embajador de Cuba en China: “¿A quién debemos culpar?”

Desde principio a fin, lo peor aquí no ha sido el coronavirus, sino la xenofobia, el racismo, el oportunismo y la manipulación política. Foto: Getty Images.

A propósito del artículo “Beijing knows who to blame for the virus: America”, publicado el pasado día 2 de marzo, por la revista Foreign Policy, bajo la autoría de James Palmer, Editor en Jefe de dicha publicación, a propósito del nuevo coronavirus y el supuesto manejo intencionado de China y sus autoridades.

El artículo de James Palmer, editor en Jefe de la revista Foreign Policy, publicado el pasado 2 de marzo, a pesar de su buena y premeditada redacción, no pasa de ser un buen ejemplo de esas conocidas técnicas de contra propaganda que aparecen en toda clase de manuales sobre el tema, y de las cuales, las redes sociales han devenido repositorio insuperable.

Ahora, cuando los papeles parecen invertirse y la realidad demuestra con creces que a pesar de su duro impacto la COVID-19 no colapsará a China, y su impronta se convierte cada vez más en pandemia internacional (hasta ayer sumaban 92 el número de países y más de 21 mil las personas afectadas), aparece este artículo que, desde su título “Beijing sabe a quién culpar por el virus: EE.UU.”, pretende sentar cátedra sobre el asunto, o peor aún, colocar la tapa antes de que entre la gotera.

Como buen texto de contra propaganda, es imprescindible lograr la mezcla adecuada de manipulación y verdad, de verdades y medias verdades, de mentiras burdas y de fake news, y lo más importante, hilvanarlo todo para que encaje bien y el resultado sea creíble o al menos cumpla el objetivo de sembrar otro virus, aún más peligroso y letal, el de la incertidumbre.

Conviene a ello comenzar por desvirtuar la realidad, enfatizar en sus contradicciones, sembrar la mayor duda posible, para poder pescar después en río revuelto.

El blanco escogido por el sr. Palmer es el libro “Una batalla contra la epidemia: China combatiendo el COVID-19 en 2020”, publicado recientemente por las autoridades chinas, en el que se compilan algunas de las experiencias vividas por estos días, las cuales, más allá del dolor y el desasosiego de una enfermedad que continúa siendo desconocida y altamente contagiosa, dan fe de una unidad y cohesión admirables.

Para ello, el Editor en Jefe no repara en burlarse, con toda la ironía posible, de las verdades que encara, ridiculizándolo como un mero instrumento de propaganda china destinado a confundir al mundo. Todo, según el autor, responde a un premeditado y maravilloso plan diseñado y ejecutado por malévolos chinos para señalar al culpable final: EE.UU.

Llama la atención que en su propia narrativa de los hechos el autor haya obviado hechos relevantes como las declaraciones del Secretario del Tesoro estadounidense que aseguró al mundo que la epidemia constituía una gran oportunidad para EE.UU. en su estratégica batalla económica con China.

Para ello, el Sr. Palmer da por hecho que hubo una conducta dolosa de las autoridades chinas al inicio del brote epidémico para tratar de “encubrir” lo que sucedía, cuando es conocido que esta vez, a diferencia del SARS ocurrido en el 2003, esta vez la reacción fue inmediata, destacó la capacidad de manejo integral, de transparencia informativa, y también de mano dura para exigir responsabilidades a quienes pudieron haberlo hecho mejor.

Es decir, la vieja y probada táctica de culpar al gobierno chino por eventos fuera de su control, especialmente a medida que los pacientes y las víctimas se acumulan.

Mucho bien le hubiera hecho al Sr.Palmer, haber admitido en su trabajo algunas verdades esenciales. Hace tan solo unos días, otro medio estadounidense, el Wall Street Journal, publicó otro artículo titulado: “China es el verdadero hombre enfermo de Asia” en el que abiertamente se culpa a la República Popular China por el brote del nuevo coronavirus, destilando un profundo sentimiento anti-chino que muchos creían olvidado.

La historia de estos días en las redes es harto conocida: miles de mensajes propagando rumores no fundamentados en la ciencia, xenófobos, anti solidarios, con el único propósito de generar y propagar el pánico en cada habitante del planeta.

En pocas horas, los grandes medios convirtieron a China en una amenaza a la salud pública mundial, al señalar como “sospechoso” y “potencial portador” de la entonces denominada “Neumonía de Wuhan” (reseñada así por la prensa occidental) a cualquier individuo que tuviese rasgos asiáticos sin reconocer fronteras.

Rápidamente, algunos países, con EE.UU. a la cabeza, decidieron emprenderla contra China restringiendo todo tipo de intercambios, presionando a sus aerolíneas a que suspendieran sus vuelos y, peor aún, adoptando el cierre de sus fronteras para viajeros chinos, en contra de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En el libro que ahora ataca el Sr. Palmer, seguramente se recoge la respuesta de la portavoz de la Cancillería china, Hua Chunying, al artículo de marras del WSJ, en la que se recuerdan también algunas verdades que la actual maquinaria mediática estadounidense y occidental insiste en desconocer. Retomaré solo algunos datos que el propio CDC estadounidense publicó en su momento.

La gripe H1N1, que estalló en ese país en el 2009, tuvo una tasa de mortalidad de hasta el 17.4%; la influenza estacional que afectó a ese país entre 2019-2020 alcanzó a 19 millones personas y provocó la muerte al menos a unas 10 mil de ellas.

¿Cómo explicar sino la campaña “Yo no soy un virus” que ciudadanos chinos y de todo el mundo idearon y apoyaron en las redes sociales en respuesta a tantos rumores y miles de mensajes y memes xenofóbicos en internet?

¿Por qué si no, el pasado 12 de febrero, el Director General de la OMS Tedros Adhanom Ghebreyesus, anunció al mundo que el nombre oficial del nuevo coronavirus es Covid-19, enfatizando en la importancia de que los virus no conocen fronteras, ni ubicaciones ni grupos de personas?

Algo que también hubiese aportado un balance más objetivo al artículo del sr. Palmer es haber mencionado la masiva respuesta popular brindada por China y sus autoridades contra el nuevo coronavirus, incluyendo las medidas de pesquisaje masivo, casa por casa, en las zonas más comprometidas, para procurar la mayor efectividad posible en el control y detención de la propagación del virus.

Un artículo publicado en un medio digital cubano se preguntaba con razón quién gana con esta tragedia, quién está interesado en sacar ventajas económicas de la tragedia que vive el pueblo chino y hoy, de manera creciente, el mundo.

El artículo del sr. Palmer se apresura en tratar de fijar otra importante matriz de opinión que, sistemáticamente usada como suele hacer la maquinaria mediática estadounidense, pudiera causar un daño irreparable.

Asegura que el daño a la economía y a la imagen de China en EEUU ya es visible, haciendo descender las opiniones sobre la nación asiática a mínimos históricos, pretendiendo por supuesto que sus ciudadanos tengan menos confianza en el futuro económico de China.

En otras palabras, como llega a sugerir el autor, la epidemia le está dando un empujón crítico a un viejo anhelo de la clase política estadounidense de tratar de borrar con un acto de magia, una realidad que se les antoja incómoda e insoportable.

Un antiguo colega español, muy informado por cierto de la temática china, respondió de manera anticipada en otra publicación de referencia internacional sobre temas de política exterior, al señalar que ya es demasiado tarde para intentar detener a China.

Desde principio a fin, lo peor aquí no ha sido el coronavirus, sino la xenofobia, el racismo, el oportunismo y la manipulación política, en lugar de la solidaridad, del apoyo mutuo y de la consciencia clara que debería primar sobre el inobjetable hecho de que la batalla contra la COVID-19, más allá de su origen, constituye un decisivo esfuerzo por la vida de todos.

Cazador, cazado, reza un viejo proverbio que cada cultura ha hecho suyo de muy diversas maneras. La verdad como siempre tiene patas muy cortas, podrá ser más o menos larga la distancia a recorrer, pero siempre terminará imponiéndose y saliendo a flote. En tiempos de la posverdad, no hay dudas de que a la hora de hallar culpables, no hay más remedio que apuntar a la manipulación y a la mentira.

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