El título que le encaja

Reza un refrán que no hay segunda oportunidad para una primera ocasión, y al parecer el gobierno estadounidense le hace caso omiso. No le interesa el criterio global sobre su actuar, mas, imponen la autoevaluación de su “gestión” para con la humanidad.

Desde su establecimiento como nación los Estados Unidos vienen dando muestras de prepotencia y de haber creído el cuento de estar “destinados divinamente a ser un ente superior”, a controlar los destinos. Basados en esa falacia, han interpretado, a su entender, el papel de sheriff multinacional y se han sentido con la autoridad para enunciar problemas en sus convecinos, inexistentes o en muchas ocasiones provocados por su estupidez y arrogancia en las relaciones diplomáticas.

Peor se vuelve el asunto, cuando algunas entidades internacionales como la Organización de Estados Americanos (OEA), juegan junto a Washington a ser detectives absurdos, con un estilo novelesco propio de la escritora Agatha Christie. Así se desacreditan esas organizaciones, las cuales han sido voceras de la Casa Blanca cuando ha querido intrometerse en nuevos parajes en busca de recursos naturales, como ocurre ahora en Venezuela.

Si desde afuera del muro racial y xenófobo construido por Trump se observa el devenir norteamericano, nos damos cuenta que tanto el magnate-presidente como sus predecesores se han manifestado de una forma criminal. No es solo la discriminación de toda índole manifestada hacia los inmigrantes, violatoria de enésimos tratados globales sobre el tema, los crímenes de lesa humanidad, el saqueo a países invadidos, los daños incontables a la salud ambiental, la desestabilización política y la injerencia permanente sobre todo en los pueblos de la región, acrecientan el criterio de la no existencia de sentencia justa para el gobierno estadounidense pues el tiempo de la vida en la tierra no sería suficiente para el castigo.

De criminal puede calificarse la escalada de ese gobierno en la guerra no convencional lanzada contra Venezuela tras el fracaso de la provocación montada el pasado 23 de febrero con el intento de ingresar por la fuerza una supuesta ayuda humanitaria, desafiando a las autoridades legítimas del país, en violación del Derecho Internacional y de las normas y principios de la Carta de las Naciones Unidas, con el objetivo de provocar muertes y violencia como pretexto para una “intervención humanitaria”.

Tales acciones son el preludio de actos violentos de mayor envergadura, por lo que el barraje de falacias alertan a la comunidad internacional.

Desde los círculos de poder imperial se formulan discursos donde no caben las palabras igualdad, solidaridad, cooperación para el desarrollo, solo se enarbolan las banderas de la injusticia, la masacre, el terrorismo solapado, la desigualdad, escudándose detrás de su seguridad nacional.

Pero aún quedan valientes en la patria de Bolívar capaces de enfrentar cada patraña, como lo ha hecho Nicolás Maduro, el legítimo presidente de los venezolanos y de su resistencia. Evo Morales, el indígena presidente de Bolivia, dejó claro en el Consejo de Seguridad de la ONU que Estados Unidos desprecia al derecho internacional con su intervencionismo en países soberanos y su retiro de los acuerdos internacionales de paz.

Así se le va cayendo la máscara de “mesías anglosajón” y las mentiras repetidas hasta el cansancio son aplastadas por la verdad y las multitudes. Sin embargo, algunos catedráticos y eruditos burgueses han osado malear el noble empeño de Alfred Nobel al proponer para el premio que lleva el nombre del inventor, al despreciable Trump en la sección que regocija a los actores por la paz. Son las paradojas de la actual ofensiva neoliberal, mas, estoy seguro que Nobel coincidiría en que al presidente norteño no le encaja ese título, pero sí el de campeón de la mentira y la amenaza.

Opinion
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