El tiroteo

Tomado de internet

Es el 13 de mayo de 1964; apenas un poco después de la una de la madrugada rompe el tiroteo en mi pueblo que dormía. Despertamos asustados sin saber de dónde venía aquella descarga de balas repetidas: ¿del mar, o la montaña? …Bajan crecidas por el eco en medio de la noche, parecen lluvia de fuego en el zinc de nuestra casa. Madre nos abraza haciendo con su cuerpo una trinchera, y nuestros gritos se ahogan con el ruido de las ametralladoras… Todo es muy rápido, el tiempo se detiene por unos segundos, y nosotros vivos en alguna parte de aquel infierno.

Luego vino el alboroto de qué  pasó… Mi padre vestido de miliciano sale, como tantas veces, a buscar su fusil por si la guerra. No dormimos más. Al amanecer, mi madre nos lleva hasta la herida del ingenio tan cerca de casa; es en Pilón, un humilde batey azucarero.

Veo uno de los almacenes que arde derrumbado; la escalera alta tiene a un bombero que no aparta el chorro para apagar el fuego; desde el mar habían hecho los hombres una fila que, desesperadamente, y a cubo de agua, intentan salvar el azúcar, el sudor de tantas jornadas de trabajo duro y silencioso. Una palma real tiene en el pecho los huecos de unas balas.

Cuando levanta el día se corre la noticia de que han herido a una señora y a una niña de ocho años: María Ortega. ¿Cómo despierta una niña con los muslos ensangrentados? ¡Qué desespero para los padres, azorados de terror!

Nada supe entonces de los datos de la prensa: ‟Quemados cuatro almacenes, perdidos 70 000 sacos de azúcar; una lancha pirata dispara adentrándose en la Ensenada y huye en un buque madre”.

Cuba eleva una denuncia ante el Secretario General de la Onu. El gobierno de Estados Unidos no denuncia el hecho. La cruzada antiterrorista no era entonces su bandera.

Muchas veces miré al mar tratando de encontrar el sitio de donde salieron las balas trazadoras. Tardé mucho tiempo en comprender por qué alguien quiso quemar el ingenio donde mi padre cosía los sacos llenos de azúcar; es que el guarapo, las cañas y la gente de mi pueblo no eran amenaza para tanto odio.

Con los años entendimos de qué aires vienen el obstinado ataque, las balas trazadoras, la muerte de inocentes con el nombre de daños colaterales; el bloqueo injustificado, la invasión y las guerras.

Evidencia de los impactos dentro de la embajada. Tomada de internet.

Ahora, otra vez en la madrugada, rompe el tiroteo. Es el 30 de abril del 2020; 32 balas de un fusil automático impactan en la embajada de Cuba en Estados Unidos. La estatua de Martí recibe un disparo que nos recuerda el agujero en el bronce de Maceo el 15 de abril de 1961, vísperas de la agresión por Playa Girón.

Se repite el silencio cómplice, la falta de enérgica condena; Mike Pompeo, (nunca hubo un apellido tan oloroso) alza el dedito cesariano para calumniar y amenazar. Y es que este último tiroteo nace del mismo odio, del apetito por esta tierra, del egoísmo de los que convierten la libertad en mercado de balas y mentiras; en fin, viene la metralla por no aceptar que en este sur de la frontera, queremos a Cuba, cubana, sin el yanqui en la costilla.

Por mi parte no odio, pero tampoco olvido. Llegará un amanecer sin sobresaltos en los sueños, sin gendarmes imperiales, sin más dedos en el gatillo.

(*) Colaborador y profesor de la Universidad Jesús Montané Oropesa

Historia Isla de la Juventud Opinión

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