El Rostro de los días en tiempos de pandemia

0-15-rostros.jpg 

Ya está por terminar “El Rostro de los días”. En estos tiempos, y ante las inclemencias que influyeron en la programación de verano, la telenovela cubana ha despertado no pocas reflexiones.

Descubrimientos gratos de jóvenes actores, actuaciones relevantes desde la dirección (y desde el guión), pero perfectible como toda obra humana.

Los conflictos deberían ser eso, conflictos, y las narraciones esta vez fueron por momentos atropelladas. La dramaturgia no puede ser menguada por los aparentes y a veces inefectivos recursos del paso del tiempo, y sobraron casi todas las transiciones a lo “Andar la Habana”. Sin embargo, considero que más allá de cuestionamientos técnicos y de puesta en escena, “El Rostro de los días” convidó a muchos telespectadores.

Más que verse reflejados en aquellas circunstancias que no pueden ser calcos de la realidad, sino aproximaciones y verosimilitud, los consumidores se enfrentaron a elementos éticos que, desde la idea de la maternidad, se arroparon con historias más o menos exitosas desde el punto de vista dramatúrgico.

En contraste se produjeron disonancias como la de la pareja gay anodina, sosa, sin la menor evidencia de que se gustaban, se merecían, se buscaban, y se amaban. ¿Cómo se resolvió la intransigencia de la ex mujer? ¿Cómo los televidentes nos enteramos de que al comprar el apartamento “fueron felices para siempre”?

Saltan a la vista también personajes que entraban y salían sin razón, alargamientos innecesarios, y no pocas y reiterativas escenas que no dejaban de hacernos pensar en “descartes” o ausencia de “tijeras”.

La telenovela bien pudo durar más tiempo, con el desarrollo de los conflictos de una manera coherente. Por eso hubo tramas que brillaron en 10 capítulos y luego se diluyeron en la palabrería. Una cosa es construir y otra muy diferente es dialogar. Deben ir de la mano, alternativamente, con el peso y la fuerza justos, ni más ni menos.

Los protagonistas, eso, los protagonistas, y el resto, eso, secundarios, de reparto. No hay más. Ya está inventado, probado, y más que teorizado. Ah, y muy importante, las participaciones, invitaciones y actuaciones especiales. Luisa María Jiménez, exprimidora consagrada de las letras en su más alta expresión, magistral en su papel; y Daysi Granados, harina de otro costal. Fue más fácil victimizarla, perdonarle la vida, y recuperarla sin otra terapia que no fuera pastillas y hospital. ¿Estaba así en el guión original?

Otra cosa es el eje Mariana-Aurora y Lía-Irma. Hacía tiempo que no llegaba Tamara Morales a un personaje así, y la joven Roxana Broche, se sembró en el gusto –y en el buen gusto-. Temas que hicieron una indagación oportuna y balanceada, que evidentemente llegaron al público tanto desde el punto de vista conflictual como actoral.

Es cierto que consagrados y noveles hicieron las paces de desequilibrios ancestrales en nuestras propuestas televisivas, pero si hacemos un guiso de carne y papa, solo sabrá a carne y papa. Por eso hacen falta especias esenciales que aderecen el difícil arte de cocinar arte dentro de los mass media.

Fernando Hechavarría, Nancy González, Ulik Anello, Erdwin Fernández, Rubén Breña, Roque Moreno, Teherán Aguilar, Tamara Castellanos y Obelia Blanco hicieron más y mejor con lo que tenían.

Denys Ramos resultó ser el padrazo de manual, pero a Yía Caamaño (Betty) –probada en su histrionismo y versatilidad- le faltó darle más consistencia a una relación estereotipada.

Mención especial merece Yasmín Gómez. Nunca vi un personaje tan pequeño brillar tanto desde lo extraverbal. Sus relaciones con el hermano, el esposo, los hijos, y sobre todo, con su amiga Aurora, tuvieron el peso de su veteranía bien aprovechada.

La apuesta fue refrescante, necesaria, con buena médula, pero ¿hasta qué punto podían encausarse mejor las soluciones?

“El Rostro de los Días” pasará a la historia como la telenovela cubana de la pandemia, y no porque los actores no tuvieran que usar el imprescindible nasobuco, sino porque su consumo se concretó en esta temporada en la que la obligación de quedarnos en casa nos puso más tiempo frente a las pantallas.

Y para los que tienen miedo del folletín en su purista asesoría dogmática, aquí va uno bastante bueno. Porque aunque me sobraron embarazos y palabras, resolvimos en parte nuestra deuda con el género.

Cultura
Colaboradores:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *