El refugio pinero de José Martí

¿Qué visión tenía el adolescente con 17 años, de José María Sardá, su protector? Fue de pluma abundante en otros temas, pero en este guardó silencio. Intentemos un acercamiento.
Foto: Archivo

La capital pinera, a la llegada de José Martí el jueves 13 de octubre de 1870, tenía 295 deportados o domiciliados forzosos a quienes se hacía medrar en un infierno. Sin techo ni comida, sin poder salir del poblado al que tenían por cárcel, moviéndose entre una población española muy hostil, muchos de ellos deambulaban por las calles, disputándose un mendrugo o sobras de comida.

Si a Martí mal lo hacían sentir las heridas de los grilletes –de las cuales nunca se curó por completo–, enfermo debió regresar de Nueva Gerona ante la vista de tanta infamia. Sin embargo, nunca escribió acerca de su impresión de la tierra pinera ni sobre la tarde en que su padre visitó a Sardá, en La Habana, en la casa de los Pardiñas, donde se alojaba, para pedirle intercediera por su hijo.

¿El acuerdo al que llegaron fue un acto de generosidad, tuvo un precio o estuvo en relación con el trabajo de don Mariano Martí y Navarro, el inspector de Aduanas en Batabanó? Precisamente el punto por donde Sardá descargaba las mercancías de sus tres goletas destinadas a la capital.

No se sabe. Quizá nunca se sepa. Y especular no es serio.

Apuntamos solo el dato. Al Sardá que nos han traído los cronistas del tema, repitiéndose unos a otros, Martí no escribe una sola línea. Jamás hace mención a su bondad ni le agradece en forma alguna por mediar para la conmutación de sus trabajos forzados por el destierro.

¿Cómo explicarlo?

Don José María Sardá y Gironela era, para mí, un hombre de su tiempo. De un tiempo muy convulso. Debió ser práctico y osado. Curtido en los riesgos de los negocios, de la fortuna.

Y no era cobarde. Cuando aceptó traer a Martí, alojándolo en su propia vivienda –pudo hacerlo en cualquier casa de las muchas personas que aquí le debían obediencia, favores, trabajo o negocios ventajosos– asumía un riesgo enorme. Bien lo sabía.

Estaba muy reciente, inclusive, el embargo de todas sus acciones en la Sociedad de Fomento Pinero con el pretexto de que su presidente, don Carlos del Castillo, era infidente y desafecto a la causa española.

Para nada se tuvo en cuenta que Sardá vistiera el uniforme de Comandante de Voluntarios. Era catalán, rico y esclavista…, pero no era castellano ni aragonés. Por tanto, a los ojos del gobierno era un paisano tan poco confiable como un cubano cualquiera. Rico. Buena presa y… estaban de moda las denuncias por infidencia para quedarse con bienes del “desafecto”.

Al joven Martí se le debió explicar esto de algún modo y con su preclara inteligencia entendió muy bien la necesidad de usar la máxima reserva, entonces y después.

Esto apunta a que Sardá, para preservarse a sí mismo y a los suyos, les escamoteara la trascendencia del raro visitante si alguna vez tuvo –muere en 1889– la esclarecida intuición de hasta dónde podría alzarse aquel maltrecho mozuelo.

Quizá lo viera, es probable, como uno más de tantos, díscolo, rebelde; dolor de cabeza para su familia o… como otra más de las tantas víctimas inocentes de aquella guerra que acababa de empezar.

En cuanto a José Martí, al marcharse de esta Isla estaba obligado a guardar silencio por el bien de quienes le habían acogido y curado, exponiéndose a tanto riesgo. Jamás debería referirse por escrito al agradecimiento contraído con aquella familia, pues Sardá y los suyos quedaban aquí, expuestos a cualquier represalia.

 

Historia Isla de la Juventud Martí-El Abra

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