El rapto del fundador

Teniente coronel de artillería don Clemente Delgado y España. Foto: Archivo

Vino hasta el canal de El Inglés en la goleta de guerra Bitilla y como no encontraba calado suficiente, traspasó al bote la fragua y las vituallas que traía para fundar una colonia, Reina Amalia. Entró por río Júcaro sin perder nada en la travesía a remo –de lo cual después se enorgullecería al apuntarlo en su memoria escrita– y arribó con todo en orden a su punto de destino, la primitiva Santa Fe.

Debería poblar en grande –como nuevo trabajo de Hércules– para erradicar dos males endémicos en Isla de Pinos: el contrabando con aprobación de casi todos y la piratería, su hermana mayor. Para tamaña empresa, el teniente coronel de artillería don Clemente Delgado y España contaba solo con catorce soldados más una docena de presidiarios, varios enfermos de uno y otro bandos.

Y él tenía apenas treinta años.

El primero de noviembre muere el párvulo don José Antonio, hijo legítimo que le diera su esposa doña María de los Ángeles González. A falta de cementerio, lo entierran en un cotocon sagrado cuyas referencias son todas muy confusas.

Siete meses y tres días después, el 13 de agosto de 1827, está ante el monte secular, en la vereda, frente a su obra mayor: comenzar la tala de árboles, la limpieza del terreno donde a él, solo a él –debido en buena parte a su propia insistencia– se le ha encargado fundar una ciudad: Nueva Gerona.

Dispone de 30 hombres; de los cuales, 12 están enfermos y se restablecen en la botica natural de Santa Fe, sus aguas medicinales.

Solo 18 hombres útiles, las hachas… un sol de agosto a plomo reverbera y achicharra el mármol bajo sus plantas. Nubes de mosquitos costeros; roedores taimados, sutiles, chupan la sangre, encostran la piel; jejenes como ceniza esparcida se meten por todas partes, abrasan con su picada efectiva hasta el resudado cuero cabelludo.

El monte, inmenso; los árboles, enormes. Y la agonía de los hombres, al terminar cada jornada, apenas si marca una huella mínima en un verde ponzoñoso, salvaje y compacto donde todo parece fuera de proporción.

Las noches allí a nadie permiten reposo.

Su primera responsabilidad es preservar los hombres a su mando, presidiarios o soldados. En esos mismos montes agrestes que parecen venírsele encima al mediodía hay muchos ojos enemigos espiando cada acción suya, de día o de noche. Si lo notan desprevenido, caerán por sorpresa encima de sus hombres y lo harán con la arremetida demente, homicida, de un abordaje.

Foto: Archivo

Se prepara. Dispone acondicionar sitios para el encontronazo: ubica un vigía en las alturas marmóreas de Columpo, organiza la defensa en la desembocadura del río Las Casas y construye un pequeño fuerte de campaña al norte de la sierra de igual nombre.

A partir de ahora, su pesadilla diaria será el recuento de las fuerzas disponibles porque la tarea principal no ha variado. Descontar los enfermos, los soldados de servicio en los puntos alejados de Columpo, el río y el fuerte; los del tercio a pie de monte… Siempre los dedos de las manos le sobran para hacer la cuenta.

No termina el año cuando sale rumbo a La Habana, a gestiones de emergencia, y frente al mismo canal de El Inglés lo rapta un corsario colombiano. Ocasión en que le sustituye uno de los insidiosos dedicados a serrucharle el piso: don Juan Dovos López, Ayudante de Plaza y jefe interino en su ausencia, quien alarga las negociaciones para el pago de su rescate.

Mientras tanto, Dovos hace gestiones de relumbrón, busca consolidarse en el cargo y logra una gabela infamante: la Orden Real de 1828, por la cual eran obligados los enfermos al pago de tres reales diarios –bastante caro entonces– que ya venían a convalecer o tratarse con las aguas curativas.

Los fundadores de Nueva Gerona, cuando por fin tuvieron a don Clemente de vuelta, debieron comadrear que, al seguro, Dovos sí estuvo implicado en su largo rapto por el corsario colombiano.

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