El pensamiento esférico de José Martí

En una extensa, ¿entrevista?; más bien conversación edificante, con el poeta Roberto Manzano, me habló con sabiduría sobre los paradigmas del pensamiento. Esos que van desde el puntual de los metafísicos que   concentran la mirada en el detalle; el pensamiento lineal que introduce los extremos y las dicotomías; pasando por el circular que desde un centro rompe con la adversidad de los contrarios, hasta el pensamiento esférico que encuentra el centro en varios referentes a la vez y que se asocia a la complejidad y multiplicidad de relaciones.

Sin dudas hay en Martí esa esfericidad y visión rizomática que le permite decir: “Yo vengo de todas partes- y hacia todas partes voy”; especie de fluir y transición que hace posible situarse en varias esferas a la vez: La de la flor de margarita que es comida por un caballo, el pájaro muerto en manos de su  propio hijo, el negro colgado en un ceibo del monte, las madres que lloran por sus hijos caídos en la guerra que un hombre amoroso ha convocado por la dignidad del hombre.

Martí viene del universo y de sí mismo, y asciende desde el dolor que hace posible el milagroso tránsito de minotauro a mariposa: Es un viaje preñado de humildad, virtud y piedad que salva desde el amor. Ese es el centro de las esferas martianas: El amor que edifica y tienen fe en lo mejor del hombre.

Me decía Manzano, que la mejor solución a un problema es aquella que menos residuos deja. Martí no ama los residuos de las exclusiones. El gran esfuerzo de su labor política es alcanzar la independencia, para elevar una república moral “Con todos y para el bien de todos”. Solo quedan excluidos en esa solución política, los que no quieren “el bien de todos”. Esa exclusión no es definitiva; si se reconoce la felicidad colectiva, se abre la muralla de la polis martiana.

Hay en nuestro José Martí, un pensamiento esférico que reconoce que los caminos de la filosofía, la religión, la política, la ciencia y la poesía, pueden coincidir en un punto maravilloso donde la revolución sea el acto más poderoso del espíritu, y no la violencia de extremismos que acorralan al hombre, convertido en el mayor obstáculo del hombre.

Martí llama a su victimario y le pregunta por el hambre de amor; y aquel que había llenado la copa de veneno, sale llorando y busca un puesto en la manigua para pelear por la dignidad de Cuba y la humanidad. Un término recoge la esencia de la esfericidad martiana: “El genio de la moderación”, acto amoroso de equilibrar islas, mundos, corazones, sin olvidar que necesita la cólera maravillosa para echar fuera a los mercaderes del templo.

Un pensamiento céntrico y hegemónico, quita el filo y las alas a todo lo que pueda parecer contestatario o liberador.  La seducción globalizada nos vende una esclavitud sin cadenas ni autoconciencia de nuestra propia realidad. Pero a Martí no pueden llevarlo hasta el centro del poder y devolverlo en postalitas inofensivas o perfumes para un baile.

El poeta Roberto Manzano nos aseguraba que Martí anda vivísimo todavía. Es cierto, hay vivos que nunca mueren porque son sembradores de amor. No hay imagen más lúcida de la muerte de Martí, que aquella pintura vaporosa de Carlos Enríquez, donde una sombra parece que retira el arma que lleva “El cordero de Dos Ríos”. Hay algo rarísimo en ese último instante: De su revólver de guerra no sale un disparo. También la esfera de su vida, se guarda limpia del odio, y de la muerte.

Isla de la Juventud

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