El difícil arte de ser árbitro

Casi a diario en todos los parques que sirvieron y aún constituyen escenario de los choques de la LVII Serie Nacional de Béisbol, se escuchan inmensidad de opiniones sobre la actuación de los encargados de impartir justicia.

Cuando en 1845 Alexander Cariwright realizó el trazado del diamante de béisbol que dejó limitada la distancia entre las bases a noventa pies, surgía la necesidad de reglamentar el naciente juego.

Muchas discusiones surgieron producto de innumerables jugadas cerradas, sobre todo en la primera base, razón por la cual siempre digo lo exacto que fue Cariwright en su diseño, pues, cinco pies más les proporcionaría a los jugadores a la defensa demasiado tiempo para poner out a los hombres a la ofensiva o cinco menos les daría a los corredores una ventaja enorme.

A noventa pies las jugadas, sobre todo en la inicial podían decidirse por un paso. Sin embargo, para hallar el criterio único había que buscar la persona imparcial, la presencia de un juez o árbitro.

Desde entonces en el apasionante deporte de las bolas y los strikes se han introducido notables innovaciones, hasta llegar a las actuales reglas que determinan infinitas situaciones.

La ingrata misión de decidir las más complejas jugadas corresponde a los árbitros. Pensemos ¿qué sucedería en un encuentro de pelota sin los árbitros?

Ellos tienen admiradores, mas, siempre habrá un grupo que los responsabilizará con las derrotas de sus parciales, los directores de los equipos los culparán para justificar una mala estrategia, el pitcher de la base por bola y el bateador del ponche, en fin, de cuantos errores pueden cometerse en el terreno de pelota.

¿Acaso hemos pensado antes de emitir juicios a la ligera contra los árbitros la gran cuota de responsabilidad de los directores, asistentes y jugadores en la derrota de un conjunto?

Como seres humanos los árbitros pueden equivocarse, no están exentos. No obstante, cometen también un lamentable error los que ponen en duda la honestidad de esos hombres, trabajadores revolucionarios de nuestro deporte, con frases o gestos fuera de lo normal.

La calidad del arbitraje cubano ha sido reconocida en múltiples eventos internacionales. No me opongo a las aclaraciones de los directores en jugadas de interpretación de reglas. Los modales correctos existen para aplicarlos en todos los casos. Ahora bien, no hay razón  para discutir la apreciación del árbitro en los conteos de las bolas y los strikes o en una base en forma descompuesta si no existe el replay.

Esas actitudes no están acorde con la concepción del movimiento deportivo cubano y no deben permitirse. Incontables son los ejemplos de grandes figuras del béisbol que nunca fueron expulsados de un encuentro, por su disciplina y respeto a la máxima autoridad en el desafío, esos son los ejemplos a seguir, porque respetar la autoridad del árbitro es una de las principales obligaciones del deportista. Por eso hay que seguir luchando por  eliminar para siempre los bochornosos espectáculos derivados de la cobarde impotencia.

(*) Colaborador

 

 

 

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