El cerezo, frutal promisorio

La cereza nuestra –distinta a la europea– es un arbusto con frutos pequeños, de intenso color rojo, una baya carnosa, esférica y de sabor ácido. Se emplea mucho en repostería, especialmente para la confección de pasteles y la decoración de helados, cocteles y diferentes golosinas. Por su jugosidad y llamativo color resulta excelente para los preparados; aporta frescura y alegría a cualquier plato en que esté presente y constituye, además, un recurso decorativo y útil en la cocina.

Este fruto contiene hierro, potasio, calcio, silicio, fósforo, sodio, magnesio y cloro. Abundante también en las vitaminas A, B y C.

Hay muchas clases de cerezos, pero todos producen, más o menos, los mismos efectos, es decir, la fruta es laxante, diurética, estomacal, refrescante y muy sana.

Por consiguiente, es recomendable en casos de obesidad, arteriosclerosis, artritis, reuma, estreñimiento y trastornos gástricos.

Su gran proporción de azúcar la hace asimilable y puede ser disfrutada tanto por niños como por ancianos, aunque los diabéticos siempre tienen que consultarlo primero con el médico.

El cerezo se reproduce por semillas, crece mejor en terrenos profundos, fértiles y con drenaje adecuado. Aquí se cultiva en jardines, como planta ornamental, y se toma poco en consideración; sin embargo, por la abundancia en su producción –que alcanza la mayor parte del año–, su demanda turística y fuerte resistencia a los vientos huracanados, constituye una opción económica capaz de enriquecer nuestra reducida oferta frutícola.

 

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