El aire puro del mar

–¿Mamá, ya se fue el coronavirus? –preguntó mi hijo de cinco años con el rostro entre sorprendido y alegre. Durante los más de dos meses de aislamiento social siempre me hizo la misma interrogante, una y otra vez, por eso en esta ocasión, cuando le dije que podíamos ir a la playa, se asombró con mi respuesta.

Los niños son los que tal vez han sufrido más el confinamiento en casa desde finales de marzo de este año ante los casos crecientes de COVID-19 en el país, y seguro fueron los más felices este 18 de junio al comenzar la primera fase de recuperación en el país.

Hacer casi todas las actividades dentro del hogar significó un gran desafío para los adultos, quienes llevaron la responsabilidad de cuidar mucho más de su familia y velar por el estudio y entretenimiento de los pequeños, mientras estos últimos debieron obedecer a sus padres y conformarse, sin entender la situación.

Durante este tiempo de riesgos ante la pandemia aprendimos, sobre todo, a valorar los momentos de compartir en familia, de disfrutar la vida y ser útil siempre, sobre todo para la nación y el mundo.

También asimilamos el uso del nasobuco como pieza imprescindible de nuestro atuendo, nos lavarnos muchísimo más las manos, limitamos la entrada de amistades al hogar, evitar las aglomeraciones y la cercanía entre personas. Los niños usan ahora la mascarilla como si lo hubiesen hecho siempre, asumen que para salir a la calle deben usarla y no se quejan.

Por esa cuestión de proteger la vida aún más, les expliqué a mis hijos que el nuevo coronavirus no se ha ido, solo está controlado, y es necesario seguir adoptando las medidas preventivas dispuestas al principio de la pandemia en Cuba; que por ahora no pueden ir a casa de sus amiguitos a jugar ni pasarse el día montando bicicleta en la acera del frente del edificio.

La flexibilidad de salir a divertirse es poca, todavía es un lujo pasear o ir a la playa, por ello debemos continuar apelando a la sensatez y conformarnos con respirar aire fresco fuera de casa por un corto tiempo sin hacer estancia en portales ajenos.

Los más pequeños, sin dudas, son los más felices en esta etapa recuperativa. Para ellos, abrir la puerta de casa y ver el mundo exterior aunque sea por unas horas es lo mejor del día. Saben que todavía hay bichos de esos malos que enferman a las personas, pero aplaudir a las nueve de la noche, ponerse el nasobuco y lavarse las manos constantemente es su manera de cuidarse para que los lleven a la playa y respirar ese aire puro que emana el mar.

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