El abuelo Cárdenas

Foto: Karelia Álvarez Rosell

Reinaldo Cárdenas Herrera, miembro de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Ramón López Peña, por su perseverancia le saca el mejor provecho a la tierra, a la cual no solo la cultiva porque la atiende y escucha

Vive en Los Colonos, una demarcación ubicada en las afuera de la ciudad de Nueva Gerona, precisamente en una casita donde, en  estos días de formación de tormentas tropicales en la zona del mar Caribe, llueve más adentro que afuera.

Demasiada humildad se respira allí, por la hendija de la puerta veo un invento de hornilla de carbón encendido; sin embargo, este hombre de 70 años, piel negra, cuerpo casi encorvado y vestido  con ropa de campo no hay un día que no muestre al universo un rostro sonriente, como corroborando que la felicidad muchas veces está en las pequeñas cosas.

Quiso la vida que conociera al abuelo Cárdenas, así le llamo desde que comencé a descubrirlo, navegar en sus sentimientos, conocer de la voluntad y constancia de este santiaguero de nacimiento y pinero de corazón, sí, porque en la década del 60 vino movilizado por las FAR y quedó prendido a la Isla por siempre.

Muchos por estos días, ya sean conocidos o no, de zonas cercanas o distantes, hacen un alto casi obligado en sus tierras, de las cuales emanan un olor a ese frutocarnoso, suculento y refrescante, conocido como el “melocotón de los trópicos“.

Sentados en una silla improvisada conversamos una tarde, por cierto, no era de las mejores, pues andaba refunfuñando porque “no hay cajas paletas para echar los mangos, he tenido que amontonarlos por ahí, tengo bultos por donde quiera; ese es uno de los principales problemas que entorpece la cosecha.

“Por suerte no se han echado a perder, hemos tenido buena temporada, con dos y tres floraciones. Qué va, el primer destino de mis frutos es la Empresa Agroindustrial, también hago donaciones a la escuelita de la comunidad agrícola Micaela Bastidas. Mi plan no sobrepasaba las siete toneladas y ya voy por ocho, aunque queda mucho por recoger, así que pienso llegar a las 15”.

¿Y a qué se debe tanto rendimiento?, le pregunto, pero la conversación es interrumpida una y otra vez, cuando no es un saludo: “Ey, Cárdenas”, es alguien que llega en busca de algunos mangos que crecen en las ramas de sus 106 árboles ubicados en su área de 1,69 hectárea cultivada por sus manos.

Él no suele preguntar por nombres, profesiones ni direcciones, tan solo trabaja desde bien temprano en la mañana y entrada la tarde, sirve y brinda lo que tiene porque en los avatares de la vida aprendió que siempre es mejor dar.

Luego de regalarle unas frutas a una pequeña de tres años, quien le confesó que su sueño es ser bailarina y hasta danzó para él, responde: “Se debe a las atenciones culturales, no les puede faltar; también el huracán Gustav le hizo una poda obligatoria al afectar la totalidad de las matas, ahora casi todas las ramas son nuevas y ello contribuyó a su vitalidad”.

No pocas veces se le ve solo con carretilla en mano recorriendo el campo para recoger cuanto ejemplar cae al suelo, al igual con una vara debido a la altura de las plantaciones, aunque también precisa de manos solidarias con el propósito del rápido acopio debido a la maduración del fruto, el cual cuida con recelo y se irrita cuando ve a intrusos queriendo invadir el área.

Una de estas tardes hasta me mostré fraterna y eché unos cuantos ejemplares del apetitoso fruto al vagón, ahí fue cuando me comentó acerca de las horas que le consagra también a la lombricultura.

Así aprovecha y transforma residuales sólidos orgánicos derivados de las actividades agrícolas con el propósito de obtener ese abono  conocido con el nombre de humus de lombriz, vermicompost, lombricompost o lumbrihumus, además de proteína animal (lombrices) mediante la cría intensiva de lombriz de tierra.

“Ya tengo sobrecumplido el plan, con unas 90 toneladas de materia orgánica y en los seis meses que restan del año aportaré mucho más, se la entrego a unidades pertenecientes a la agricultura, sobre todo a los organopónicos y a los apicultores del poblado Julio Antonio Mella.

“Oye, ese mango no, déjalo en el suelo, todavía está muy verde”, me dice el abuelo, el hombre incansable y bonachón o Reinaldo Cárdenas Herrera, miembro de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Ramón López Peña, quien quizá debido a tan desmedida perseverancia le saque el mejor provecho a la tierra, a la cual no solo la cultiva porque la atiende y escucha.

 

 

 

 

 

 

Economía Isla de la Juventud
Karelia Álvarez Rosell
Karelia Álvarez Rosell

Licenciada en Defectología en la Universidad Carlos Manuel de Céspedes, Isla de la Juventud. Diplomada en Periodismo con más de 30 años en la profesión.

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2 Replies to “El abuelo Cárdenas

  1. Excelente artículo, me trajo gratos recuerdos de la Isla de la Juventud, de la nobleza y espiritú solidario e internacionalista de los pineros. Saludos desde Nicaragua

    1. Gracias, José, por su comentario, así somos, ya tuviste la posibilidad de conocernos porque con seguridad fuiste de esos “compas” que estuviste superándote en nuestro territorio, el cual llegó a acoger a niños y adolescentes de más de 30 nacionalidades de Asia, África y América Latina. Durante mis estudios del preuniversitario tuve a varios en mi aula, los recuerdo con mucho cariño. Pero retomando el tema, así es el abuelo Cárdenas, un ser especial e incansable. Saludos.

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