Donde la seguridad se vuelve luz

Desde el 11 de marzo del presente año, Cuba ya no es la misma. La COVID-19 vino a cambiar nuestras vidas para siempre y con muchos sueños pospuestos.

Cuando empezó la pandemia me encontraba en La Habana, pero la situación llegó a tal punto que los que estudiamos fuera del territorio tuvimos que regresar a casa.

Al principio pensé que este evento pasaría rápido, como otros superados, sin mencionar el más grande: el bloqueo económico, comercial y financiero del gobierno estadounidense contra este pequeño país, y que de muchas maneras los cubanos burlamos cada día desde el hogar y demás trincheras.

Nunca hubiera imaginado, sin embargo, que en medio de la inédita batalla de todo un pueblo contra el nuevo coronavirus, esa potencia arrogante recrudeciera ese mecanismo genocida que viola los más elementales derechos humanos de millones de hombres, mujeres, niños y ancianos, diseñado para provocar la desesperación de la población cubana, cuyo objetivo tampoco logra la enloquecida actual administración.

Hoy me encuentro preocupada, como la mayoría de las personas, cumpliendo con lo indicado por Salud Pública, confiada en el exitoso resultado de las necesarias y en espera de que todo vuelva a ser como antes o al menos lo más cercano posible.

Como reconociera el Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, “esta va a ser una enfermedad que va a permanecer, pero vamos a estar cada vez más seguros de cómo enfrentar el futuro, de cómo podamos avanzar más rápido hacia una determinada normalidad, en la misma medida en que los resultados de cada día se consoliden con seguridad”, y nos alejemos de eventos que provocan picos transitorios u oscilaciones en el comportamiento favorable.

Claro, ya nada será igual, tendremos, además, las limitaciones derivadas de esta experiencia y de sus consecuencias económicas y en otros muchos ámbitos en un mundo que se adentra en una crisis que afectará a todos y requerirá de previsión y preparación, como lo hace Cuba, para afrontar los escenarios más complejos.

No sé por cuánto tiempo estará el virus circulando y llevándose millones de vidas en el orbe. Solo sé que debemos esperar y apoyarnos sin dejar de cumplir el necesario aislamiento social, salir solo a lo imprescindible, permanecer en casa y proteger a las personas vulnerables.

Desde casa hoy confecciono nasobucos y como futura periodista escribo para el pueblo. Quiero que mi mensaje llegue tan lejos como sea posible y levante esos ánimos caídos.

A diario me asomo al balcón de mi apartamento en La Demajagua, veo las calles vacías y un silencio inusual en cada rincón, pero me queda la tranquilidad del apoyo dado por la población a medidas como las de permanecer en casa, evitar las visitas, mantener la distancia, entre otras destinadas al cuidado personal y de cada familia pinera.

Me alegra ver cómo se levanta el sol en el horizonte y me doy cuenta de que no siempre irradia igual; algunas veces brilla más que otras, pero lo más importante es que no deja de salir ni de resplandecer y con él expresiones de solidaridad y humanismo que nos permiten sobrellevar las imprescindibles prohibiciones compartidas hoy a la par de los numerosos esfuerzos de los médicos y demás trabajadores de la Salud y de otras instituciones bajo la dirección del Partido, el Gobierno y los Consejos de Defensa en cada zona.

Este tiempo difícil también nos ha permitido reflexionar y pensar más en colectivo, unir voluntades, descubrir las potencialidades que atesora el hogar y desplegar iniciativas para ayudar a quienes más lo necesitan.

Con esto aprendí que todo pasa y que hay luces que alumbran el camino hasta en los momentos más adversos. La COVID-19 igualmente vino a demostrarnos cuan frágiles somos los seres humanos ante esta; sin embargo no podemos rendirnos y se impone seguir la lucha para salvar vidas y hacerlo mejor.

Confiemos en la Salud cubana. Para sus mujeres y hombres van mis aplausos de cada noche. No recuerdo cuándo se escucharon por primera vez, solo sé que no dejaré de darlos una y otra vez como un estímulo que en cada jornada es señal del triunfo al que estamos acostumbrados porque sabemos batallar por él, sin pesimismo ni cansancio, como luz de cada día.

(*) Estudiante de Periodismo

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Melissa Mavis Villar De Bardet

Estudiante de Periodismo en la Universidad de La Habana

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