Día del Libro Cubano: Letras de luz y Quijotes que vencen molinos

Imagen: Lidiana Mauri Álvarez/ Cubadebate.

Los libros deberían leerse como si cada página nos prolongara la vida y como si la siguiente hora fuera la del último respiro, la del último verso. A sorbos, con o sin cafeína de por medio. Con ansias, a destiempo. A solas o en compañía. Después de todo, no hay soledad donde se yerguen buenas páginas. Con ganas de perderse desde el primer párrafo y de reencontrarse antes de la última línea.

Leer para salvarnos, para desempolvar las alas adormecidas a fuerza de tanta rutina, para permitirnos el viaje. Leer para hallar paz en las tormentas y darle bríos a la quietud. Para romper mutismos e inercias. Porque la lectura, nadie lo dude, es un salto de fe: hacia afuera, pero también hacia adentro. Allí donde cultivar(se) suele ser el más fértil y sublime de los oficios que se le pueda confiar al alma.

Fue esa necesidad de parirle más alas y libros a Cuba, la que se volvió imprenta hace 62 años. Nacía así un sueño de muchos que Fidel hizo tangible, una historia desde la cultura porque en ella también le iba la vida a un país que empezaba a contar sus primeras páginas en Revolución. La Ley 187, sellaba oficialmente su fundación. Era el último día de marzo de 1959.   

Carpentier resultó el ángel a la custodia de ese sueño llamado Imprenta Nacional de Cuba. De la vorágine mágica que se hace concierto en la poligrafía, vio la luz el primer libro impreso: una edición con ilustraciones de Gustavo Doré y Picasso de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, en cuatro tomos y una tirada de 400 000 ejemplares. La obra que Miguel de Cervantes plantó como título ineludible de la literatura hispana y que se tornara clásico.

A El Quijote… seguirían las antologías de poetas del calibre de Darío, Vallejo, Neruda, Guillén… La impronta de la institución sería definitoria en las cartillas y manuales que llevaron la luz con la Campaña de Alfabetización en 1961.

Apenas tres años después de su nacimiento, se convirtió en Editora Nacional, hasta que —en 1967— dio paso al Instituto Cubano del Libro. Desandar esas páginas es descubrir a una nación en lo mejor de sus voces y letras: conocerla de veras, más allá de una portada y un exergo.  

Enigma para un domingo. Foto: Leila Rivero.

La vida en un libro

Quien recibe un libro en sus manos, quizás desconoce —u olvida un instante— que su verdadera historia se remonta a muchas noches en vela. A maratones de cafés aplazando el descanso para imprimirle todo lo bueno. A mil y un talentos, en ocasiones, anónimos… y que, sin embargo, se agradecen incluso en silencio. Lo viví. Desde otro lado, quizás minúsculo, pero lo hice. Y desde entonces, recorro los libros con más ganas, los disfruto con otro sabor y me los quedo, mientras los leo. Así, como si fueran míos, y basta.

Había dejado atrás, más bien adentro, mis primeros casi seis años de reportera en el periódico Granma y, con ellos, la primera escuela después de la Universidad, los amigos que se volvieron familia, la sección de Economía con Tinta y los temas que más disfrutaba aprendiendo en esa redacción. Antes de salir, me habían confiado el diario de la Feria Internacional del Libro.

A mi paso por La Jiribilla traté de armarme de cuanto pude y de cuantos amigos pude arrastrar conmigo a aquella cruzada literaria. Y ahí empecé a quererles (al libro y a quienes lo defienden en Cuba) de cerca. Desde el número cero de El Cañonazo de las 9:00 a.m., hasta la última edición que tuve la suerte de contar cuatro años después, consecutivamente…

Esos disparos matutinos de cañón que se repartían en los estanquillos de La Cabaña al otro lado de la bahía; esa Cabaña que se erigió refugio con las letras por balas. Donde abrías una puerta y descubrías el alma de Padura en las cosas, te gastabas una buena tarde escuchando a Frei Betto, te volvías toda oídos para escuchar los cuentos de Daniel Chavarría… O te sorprendía la suerte de encontrar a Eusebio, ese eterno sembrador en el corazón adoquinado de una ciudad que la volvió su novia.

Amé al libro más de cerca aún en Cubaliteraria y dejé la computadora y la silla obviamente al irme, pero nunca se me salieron esa editorial y su familia de las venas. Oportunidad única de conocer a escritores, editores, diseñadores y amantes del libro —impreso y digital— de toda Cuba y de otras geografías. Escasos años tal vez, pero definitivamente intensos. Años que se me dibujan crónicas y me atraviesan nostalgias.

Cubadebate ha sido el abrazo, el regresar a escribir y ponerme a prueba para aprender. El saberme, otra vez, en casa, como si hubiese vivido en esta dirección desde hace mucho tiempo y le quisiera de toda una vida. Hay amores así, que no se explican, solo suceden. Y, acaso sin proponérselo, me ha devuelto a las puertas de un libro para soñarlo y contarlo como pueda.

Aunque no es día de Feria, es marzo de libros en un país que lee y se (re)escribe senderos constantemente. Por eso me permití volver hoy, en el Día del Libro Cubano, a ese viaje de pocos kilómetros y de muchos sueños.

Entre las paradas impostergables de mi itinerario, hice escala en tres encuentros, más bien en tres rostros de hombres (para mí) imprescindibles de nuestras letras.

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Hay más gente que espacio, se me hace una aventura acercarme. Solo la cola alcanzaría para escribir La novela de mi vida y, mientras lo veo, me pregunto cómo se las arregla con su brazo para estampar tantos autógrafos. Yo también quiero el mío, tengo otros suyos y buena parte de sus libros, pero a este hombre lo amo… porque sí. Porque me revienta de ganas leerlo y no hay psicólogo que logre lo que él, en pocas o muchas páginas.

Ciro Bianchi ha contado de sus días en Juventud Rebelde, en IPS; de ese periodismo sagaz y sin tapujo, y esa literatura que salva vidas con sobredosis de cultura. Ya casi llego. Por fin… me regala más minutos de los que le lleva la dedicatoria en el Centro Loynaz, le digo cuanto alcanzo a disparar y le pido la entrevista que tanto quiero. No sé por qué, entre sus presentaciones, atesoro con tanta fuerza esa.

Al voltearme, con su libro en manos, me quedo con las confesiones en el tiempo de todos durante su intervención en la sala y en esos minutos míos que se volvieron tatuaje. El genio de Leonardo Padura (Premio Nacional de Literatura 2012) estaba resumido ahí, en el título que me llevaba a casa: en El alma de las cosas que él hace grandes.

Leonardo Padura.

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Esta fue la última parada pero la quise contar de segunda. El Espacio Virtual del Libro en Cubadebate me llevó a su apartamento en el edificio conocido como Fama y aplausos. “Fama solo”, me rectifica él, “es lo que le queda”, mientras me acompaña a su puerta. “Bueno, como ves, la sala la he convertido en estudio” y en biblioteca, para quien trabaja siempre es mejor así. Tantos libros y una vista increíble de La Habana son un acto de magia para mí en aquella sala.

La mayor parte de los dos días en que conversamos, delante de una cámara, conocí de los barrios de la ciudad, de la fuerza del negro en la cubanidad y de las raíces africanas, más que en los libros y en representaciones en escenarios. Él tiene ese sortilegio: de enseñar con la palabra y contarte las verdades como si vivieras en una obra de teatro. Así me enteré de que Algo rojo en el río nació de un experimento malogrado en sus días de estudiante de Química, que hacía del tiempo de laboratorio una tertulia y que, de todas sus obras, él prefiere María Antonia: “porque ahí está El Cerro”. Hombre grande de veras, en las letras y en las tablas.

¿Cuál de sus lauros lo ha marcado más? “Todos”, pero hablando en confianza, con el mismo orgullo y humildad con que agradece el Premio Nacional de Teatro en 2005, prefiere el de Literatura en 2020: “Siempre se ha negado el Teatro como Literatura. Y este sí: este es el premio que tenemos todos los dramaturgos cubanos”. Así me confiesa Eugenio Hernández Espinosa, hombre bandera entre los dramaturgos de la Cuba contemporánea, a quien justamente este miércoles 31 le harán entrega oficial del lauro más importante de las letras en la Isla. No será uno más, sino el primero entre tantos otros importantes, que dará luz a la sala donde me recibiera.  

Eugenio Hernández Espinosa. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

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Por alguna razón estoy ahora en la Plaza de San Francisco en la Habana Vieja. Estuve con él en el sexto piso de la Lonja del Comercio cinco años antes que en la sala de Eugenio, pero termino ahí mi viaje porque mi entrevistado de ahora ya no frecuenta esas oficinas. Físicamente, digo, aunque siempre está en alma y verbo.

Lo reencuentro entonces y me acuerdo de que me lo había advertido aquel día: que volvería en cualquier otra forma, pero volvería.

“Los primeros libros fueron un descubrimiento casi arqueológico. Mi mamá era sirvienta en casa de una familia de la clase media… Yo era muy pequeño, (…) había una puerta misteriosa que nunca se abría y, desobedeciendo a mi mamá, abrí la puerta y me encontré cuatro grandes libreros —de arriba abajo— solo con libros infantiles. Ahí estaban Robinson Crusoe, Edgar Allan Poe, Alejandro Dumas, Julio Verne; estaba una colección que se llamaba El tesoro de la juventud. (…)  Y entonces esos son los primeros libros”.

Trae de vuelta al niño que me contó en aquella entrevista, el que vivía en la calle Hospital entre Salud y Jesús Peregrino, camino a la biblioteca de la Sociedad Económica y a la de su escuela primaria. “Allí, también, los primeros libros… y, a partir de esos primeros libros, comenzó el mundo”.

Me recuerda, a flashazos, el sortilegio de tenerlo delante, de saberlo eterno. ¿Qué espacio ha ocupado y ocupa hoy en su vida la lectura? ¿Hábito, pasión, necesidad? “Los libros casi me sacan de mi casa”, ilustra, y se me vuelven nudos las imágenes de él vaciando sus libreros: más de 8 000 títulos donados entre dos bibliotecas, porque —según dice— “ya no hay tiempo material —contando días, meses y años— para leer”. Solo ha dejado los de la mesita de noche y otros repartidos en casa. Me repongo a duras penas de su certeza y sigo preguntando. “¿Las obras mías?  Las que recogió la memoria”. Entre otras cosas, asegura, porque por falta de tiempo ha debido limitarse a recoger lo que digo o a dictar lo que hago”. En todo caso, qué fortuna la de lectores y oyentes.

¿Leer? Debe ser compromiso de “inducción temprana”, el “juguete primero” en la más verde infancia. ¿Tríada historia-literatura-cultura? “Son las escamas del pez, las escamas metálicas acorazadas del caballero. Para defenderte debes tener una coraza y la cultura es la coraza. Pero no es una coraza que te priva del diálogo; cuando estás entre amigos, entre hermanos, naciones, personas, instituciones, te quitas la coraza pero tienes el alma”.

Euebio estará por siempre en su Habana y en el corazón de todos los cubanos. Foto: Cubacine.

Si Eusebio Leal fuera un libro, ¿qué título tendría, cuál sería el prólogo que escribiría —a manera de fe escrita— sobre cómo desea que lo recuerden las nuevas generaciones de cubanas y cubanos? “Tu pregunta es la más difícil del mundo. Figúrese, qué quisiera ser yo, qué acto de vanidad tan grande imaginarme que escribiría un libro que fuera trascendente. Qué exergo podría colocar en ese libro, ¿qué exergo? Pues mira, francamente, no lo sé”.

Y la mejor respuesta se asiló entonces en un silencio fecundo, un silencio suscitado por la voz interior de una modestia que se resiste a ver la altura de su nombre. Que se empecina a ver, con ojos propios, la estatura de su obra… ya en los libros escritos para ser leídos —que son los menos—, ya en la agradecible colección de libros que ha recitado para que los escuche el tiempo.

Un disparador de futuro con las balas de gloria de un pasado ineludible, el más Leal de los guardianes de su historia, el Quijote acorazado de fe y con más fe después de la coraza y el alma, que encara a los molinos del salitre y el desequilibrio de muros roídos por el tiempo. “Siempre vigilante”, pronto al reencuentro.

Desde hace mucho la posteridad le agradece por las manos repletas. Le agradece la sobrevida. Y el pulseo constante con los almanaques para que, con cada piedra restituida, se le devuelva a cada muro la dignidad, como quien restaura un sueño. (…) Solo habría espacio ahora para una Dulce María que evoca a “medirle el amor” (de todos) a Eusebio: “con una cinta de acero: Una punta en la montaña. La otra… ¡Clávala en el viento!”.

Bajé del edificio en silencio. No había más nada que decir. Solo aquellas palabras con las que él dio título a las confesiones que me hiciera en 2017. Y me las repetí mil veces (lo sigo haciendo) hasta esta línea donde ahora me reencuentro: “Mi Patria es donde luche y no solamente donde nazca”.

En videos, Eugenio Hernández Espinosa en Zona de Arte, quien recibirá oficialmente hoy el Premio Nacional de Literatura 2020


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