Desvelo por la vida

En La Fe se mantuvo hasta fecha muy reciente una de las tres áreas en cuarentena de toda la Isla de la Juventud. Comprendía el 60 por ciento del reparto Ángel Alberto Galañena: 13 edificios (559 apartamentos), 11 viviendas y dos consultorios del Médico y la Enfermera de la Familia; en total, unas 1 170 personas en aislamiento completo.

Visto así uno imagina que el área se determinó a partir del primer caso de COVID-19 detectado allí, en el edificio 44, y que alrededor del mismo se desarrolló, con los resultadosde las pesquisas activas, toda una araña epidemiológica. Pero no fue de esta forma.

La Zona de Defensa y en particular el personal de Salud Pública −como sucedía a lo largo del país y en el mundo− se enfrentaban a un enemigo totalmente desconocido. Un agente patógeno tan mimético que lograba cambiar de estructura y funciones con la misma facilidad de un asesino ninja al transformarse y cambiar de identidad.

¿A qué medicamentos hoy sería sensible en sus tantas caras, mañana… pasado mañana?¿Sería de los producidos en Cuba a partir de nuestros propios logros biotecnológicos? ¿Dispondríamos de las materias primas para su elaboración? ¿Las podríamos importar?¿Sería bloqueada la firma productora, impidiendo a nuestro país la compra? Eran algunas de tantísimas interrogantes a plantearse y sin respuesta inmediata, cuando ya el enemigo virulento hacía los primeros estragos dentro de nuestras fronteras.

No había tiempo disponible, el coronavirus se expandía y de una forma u otra habría que enfrentarlo y contenerlo.

El consenso al que arribó el consejo de autoridades fue crear un Primer Anillo, luego −aconsejados por los resultados de las nuevas pesquisas− decidieron un segundo cerco y casi de inmediato un tercero. Se aplicaba una máxima de emergencias: mejor precaver antes que lamentar.

Quienes la adoptaron echaban sobre sus hombros un fardo enorme: asistirían a los que quedaban dentro llevándoles alimentos, medicinas y asistencia médica a toda hora, con lluvia o sin ella, ni descanso.

Hoy, vistos los excelentes resultados alcanzados, quizá sea dable pensar que pudieron lograrse también no cercando un área tan extensa, no involucrando a tanta gente, con menos gastos y menor afectación económica.

Pero quien así piense no debe olvidar que al adoptar esa medida se desconocía hasta dónde estábamos afectados por aquella grieta en la piedra, había llegado −como nos enseñara José Martí− la hora de los hornos, de las decisiones, y no se habría de ver más que luz.

Brilló entonces la luz de la solidaridad en todo su esplendor, haciendo hincapié por encima de todas las consideraciones posibles en preservar la vida de quienes estaban más cerca del brote; y cortaron por lo sano, como se hace siempre cuando intentamos arrancar de raíz un mal que no sabemos hasta dónde alcanzará a perjudicar.

Primaron entonces el desvelo por el pueblo, la vida, y no por el mercado o la visión económica, como ocurre ahora en que nos preparamos para emprender una recuperación gradual, segura, con la cautela de poder frenar a tiempo cualquier posibilidad de rebrote de la peligrosa enfermedad, lo que no niega la necesaria racionalidad en cada acción que se acometa en el restablecimiento de la nueva normalidad llena de las muchas y valiosas enseñanzas de la excepcional experiencia vivida.

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