Débora mantiene el orden con otras armas

Su presencia, siempre de correcto uniforme, resulta ya tan distintiva del parque santafeseño como la escultura del laúd y el sombrero que allí rinden homenaje a Mongo Rives, el Rey del Sucu Suco.

Algún “vivo” se está queriendo pasar de listo. Foto: Wiltse Javier Peña Hijuelos

Noalda Débora Sánchez Mora –Débora–, primer teniente de la Policía Nacional Revolucionaria, es la jefa del grupo encargado de organizar las colas y mantener el orden en el corazón mismo de este poblado, tarea engorrosa, pero imprescindible hasta vencer la pandemia y lograr una recuperación económica que nos permita otra forma, más sosegada, de repartir lo comerciable.

A las siete de la mañana, cuando se alinea en formaciòn para recibir las indicaciones del día, recoge también a la media escuadra de subordinados –soldados y sargentos de Prevención de las Far– que habrán de serle inseparables a lo largo de la nueva jornada.

Con ellos, “como la neurona intranquila” –así se apoda a sí misma–, puede ocupar hasta cuatro posiciones a la vez porque en determinado momento las colas allí pueden ser varias “y todas tienen que salirnos bien…, sin desórdenes ni faltas de respeto a otros ciudadanos, con el nasobuco puesto de forma correcta, la debida distancia social y la compra equitativa de cada producto que se oferte para que corresponda a todos por igual”.

Débora y parte de su grupo de apoyo. Foto: Wiltse Javier Peña Hijuelos

Una encomienda difícil, pues nunca falta algún “vivo” ni quienes no entienden o no quieren o no les conviene entender la tarea de esta agente del orden que no les permite “pasarse de la raya” aunque en todo momento lo haga como corresponde a una militar experta, con la corrección ciudadana y la cortesía profesional que siempre imponen el correspondiente respeto.

Débora nació en Mayarí, y nunca imaginó ser policía; sin embargo, está muy cercana a los 32 años de integrar este cuerpo donde se desempeña ahora –quiero decir, antes de la pandemia– como oficial a cargo de Licencias de Armas de Fuego, pero llegó la covid-19 y desde el 23 de marzo del año pasado, cuando recibió la nueva tarea, “llevo más horas al sol –bromea– que el monumento a Mongo Rives; y ni te das cuenta hasta caer la noche, entonces sientes como el sol te estuvo quemando el dìa entero.

“Pero no es tiempo perdido, ya no se ve a nadie sin nasobuco; es el resultado del enfrentamiento diario a la falta de prevención del riesgo. Sin embargo, no se puede bajar la exigencia. La Isla está en una situación muy crítica, nunca imaginamos que íbamos a tener tantos enfermos”.

La medalla Elogio de la Virtud le fue conferida recientemente a esta espartana combatiente, pero no la considera un logro personal sino un reconocimiento colectivo a quienes integran su grupo de trabajo. “Esta condecoración significó algo muy grande y nos dio nuevas fuerzas. Quizá por eso –concluye– lo hecho me parece muy poquito frente a tanto que nos queda por hacer. A pesar de mis años, estoy cerca de los 60, me siento bien, tengo interés por lo que estamos haciendo, es mi aporte junto a quienes se sacrifican a diario y en cualquier parte. Es mi satisfacción de cumplir con el deber”.

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