Cuba llora a chorros

Foto: Internet

El aeropuerto parecía una iglesia salvo cuando una voz peculiar anunció en altavoz el pase al salón de última espera a los pasajeros del vuelo 804. Es viernes por la tarde.
Unos ojos hinchados y colorados saltaban en el rostro de un hombre rodeado, quizás, de algunos conocidos con aspecto de consuelo, en una esquina del pasillo.
Tres niños, muy pequeños, corren mientras la abuela a cargo, con voz entrecortada le comenta a la señora de al lado que un muchacho, vecino de ella por muchos años, viajaba en ese avión del fatal accidente.
Los trabajadores de Cubana están muy callados y se les nota la consternación, muchos de ellos vieron y sintieron el estrepitoso estrello desde los ventanales de cristales que visualizan la pista, y luego el humo empinándose de inmediato.
Ahí iba una amiga con su niña de un año y medio, comenta una mujer de uniforme con su credencial de Cubana de Aviación. No sé ni que día es hoy, dice mientras vende unos pasajes para el vuelo nacional que saldrá esta tarde y el cigarro le tiembla en la mano.
Hoy debían viajar en ese vuelo fatídico que iba hacia Holguín, dos colegas y un amigo querido. Ellos tenían el pasaje en mano, pero lo cambiaron a última hora. Y hoy estábamos en clases cuando sucedió la tragedia. Se me apretó el pecho, a ellos la vida.
Cuba lloró a chorros. En el aeropuerto llovió y todos están tristes. El avión con cientos de niños, mujeres, ancianos, hombres, cubanos y extranjeros no pudo volar. Y ahora espero la salida de mi vuelo 804, seis horas después de la tragedia.

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