Contra un dueto maligno

dengue2Aquel verano panameño de 1981, por seco, resultaba menos agotador que el que azotaba a La Habana por esos días. Arrellanados en un auto, los cubanos José Antonio Trigo y Roberto González pasaban por entre las torres de acero y cristal de la capital, pero no lograban contagiarse con el pegajoso ritmo del tamborito en la radio. Ni llamaban su atención los voceos de los chicos al vender los periódicos La Estrella de Panamá, La Prensa, La República o El Siglo, bien frente al Museo de Arte Colonial Religioso, el Museo del Hombre, o a la añeja catedral construida entre 1673 y 1760.

Dos cubanos tuvieron la misión de comprar equipos y productos para cortar la secuencia de muertes provocadas por la pandemia de 1981, y en el intento encontraron un mal tal vez mayor

Aquel verano panameño de 1981, por seco, resultaba menos agotador que el que azotaba a La Habana por esos días. Arrellanados en un auto, los cubanos José Antonio Trigo y Roberto González pasaban por entre las torres de acero y cristal de la capital, pero no lograban contagiarse con el pegajoso ritmo del tamborito en la radio. Ni llamaban su atención los voceos de los chicos al vender los periódicos La Estrella de Panamá, La Prensa, La República o El Siglo, bien frente al Museo de Arte Colonial Religioso, el Museo del Hombre, o a la añeja catedral construida entre 1673 y 1760.

Mas la urbe de mayor esplendor en el istmo centroamericano tras la construcción de la línea del ferrocarril transpanameño y del canal de Panamá, no los acogía como turistas. Tenían allí el deber de cumplir la tal vez más importante misión que se le encargara a cubano alguno en aquellos días: De ellos dependía la vida de cientos, miles de personas.

Para entonces, una parte de los 344 mil 203 casos notificados en total por una epidemia de dengue hemorrágico ese año, agonizaba en los hospitales, o fallecía sin que los médicos pudieran darle paz a su sufrimiento. El morbo cobró finalmente 158 vidas y prefirió, de estas, a 101 niños entre cero y quince años de edad.

No había tiempo que perder. Como en situación de guerra, el Comandante en Jefe Fidel Castro dispuso el 9 de junio la orden, “considerando la necesidad de aplicar medidas enérgicas, encaminadas a la eliminación de la epidemia de dengue y erradicación del mosquito Aedes aegypti“, agente transmisor de la febril, dolorosa y mortal enfermedad.

Para cumplir una de las ordenanzas de Fidel –la de importar los medios necesarios para cortar la pandemia, pues el país contaba con apenas el equipamiento mínimo para su trabajo rutinario–, Trigo, funcionario de la Unidad Nacional de Vigilancia y Lucha Antivectorial del Ministerio de Salud Pública (MINSAP), y González, de la empresa Tractoimport, fueron enviados a la Ciudad de Panamá como técnico y financista, respectivamente, para una misión que con los días se mostró poco menos que imposible.

“Salimos a finales de la primera semana de julio de 1981”, rememora Trigo, hoy técnico principal para el abastecimiento logístico del control de aquellos vectores que poseen importancia médico–sanitaria. Su canas atestiguan que lleva más de 40 años en el sector de la salud y 26 en el nivel central ministerial, precisamente en los vaivenes de esta especialidad.

José Antonio Trigo, uno de los protagonistas anónimos de la lucha contra el dengue y el bloqueo

“Panamá era la primera escala: el lugar más cercano, de mejor acceso y con más rápida transportación de estos recursos al país. También teníamos visa para visitar otras naciones.”

Apenas llegaron, en la Embajada cubana se les entregó un automóvil y, para asombro de ellos, una pistola a cada uno. Los responsables de la representación diplomática no tenían dudas de que semejante gestión podía estar marcada por el posible peligro de secuestros y hasta atentados a sus protagonistas.

Muy pronto comenzaron a hacer contacto con aquellas empresas que se dedicaban a comerciar plaguicidas y equipos de fumigación. El interés fundamental era adquirir el insecticida temephos, cuyo nombre comercial es Abate, producido por la firma norteamericana Cianamy. La empresa de Comercio Exterior Quimimport había fracasado en su intento de hacer una compra directa de este producto en los Estados Unidos, ya que el Departamento del Tesoro primero retardó y luego negó su venta, escudándose en las normas del llamado embargo económico a la República de Cuba.

Para entonces no existían las legislaciones Torricelli y Helms Burton, que prohíben a las sucursales norteamericanas venderles a la isla en Revolución, pero en la práctica ya estas oficinas bloqueaban las operaciones. Las filiales en Panamá les decían a Trigo y González que antes de cerrar cualquier negociación con funcionarios cubanos, tenían que pedir instrucciones a sus casas matrices. Como ya sospechaban, la autorización nunca llegó.

Decidieron, para eludir el bloqueo, adquirir cuanta cosa pudieran en tiendas minoristas. Desde que salieron de La Habana ya iban con la idea de obtener algunos aspersores de fumigación Hudson, de fabricación estadounidense. Estos tenían un depósito de seis litros, hechos de acero inoxidable y por tanto, duraderos. Su calidad ya había sido comprobada en el país: a principios de la Revolución se habían comprado y ya los operarios tenían experiencia con estos. A principio de los 80 costaban algo más de 60 dólares, por lo que fueron a algunas tiendas agrícolas donde se vendían.

–¿Cuantos equipos tienen? –preguntaban al tendero.

–Unos 500 –respondían en algunos lugares.

–Unos 300 –les contestaban en otros.

–Busca al gerente y dile que nos dé un precio, que se los compramos todos –ofrecían los extranjeros.

A la vuelta, el tendero informaba que valían 100 dólares cada uno. Al ser muy alto el precio, los rechazaban, por lo que decidieron comprárselos a los japoneses.

“Cerradas prácticamente todas las puertas, nos dedicamos a buscar a otra gente que se dedicara a ‘piratear’ y a burlar el bloqueo, a vender productos que entonces le elevaban el precio al saber que estos nos eran negados”, cuenta Trigo.

Tras varias maniobras, urgidos por el tiempo, pudieron comprar en ese país 20 equipos de arrastre para fumigar en las calles, marca TIFA E–100 (ULV), de fabricación norteamericana. Y procedentes de Japón, tres mil motomochilas DM9 Kiorist; mil aspersores de fumigación K-15; 300 aspersores SAS y mil 500 aspersores G-N-16.

Motomochilas japonesas, entre otros equipos, fueron la alternativa encontrada ante la negativa norteamericana

Según Trigo, sólo estos 20 norteños equipos costaron alrededor de 10 mil dólares cada uno. “De haberlos comprado directamente a firmas norteamericanas nos hubieran salido en seis o siete mil dólares. Tuvimos que pagar tremendo sobreprecio por el bloqueo.”

Por su parte, los dispositivos que se consiguieron en Japón a un buen costo, comenzaban a llegar a la isla puntualmente. Pero el Abate que produce Cianamy en Panamá al uno por ciento –necesario para la erradicación del Aedes aegypti en su fase larvaria–, no lo lograron por la negativa de la Casa Blanca y se vieron obligados a comprarlo en Colombia, así como el plaguicida Malathion en México y Venezuela.

Curiosamente, sin poder conocerse la fuente, en los mismos periódicos que voceaban los chicos aparecían escritos informando de expertos cubanos que andaban por esos predios comprando equipos y plaguicidas para combatir en su país el llamado quebrantahuesos. Según las parrafadas, lo hacían allá porque los equivalentes soviéticos no servían.

Si bien los equipos yanquis eran de mucha mayor calidad, probada eficiencia y aptos para el clima antillano, las autoridades caribeñas estaban sobre todo precisadas por la rápida transportación hacia la Isla. Y sea como fuera, el Abate no lo fabricaban ni japoneses ni soviéticos.

Los eslavos, en cambio, elaboraban el Malathion, aunque con muy mal olor (le añadían una química de fuerte vaho para evitar que los niños lo consumieran accidentalmente) y al 50 por ciento. Los compradores cubanos lo necesitaban al 95 por ciento, bien agresivo dada las gravedad de la plaga, y preferían prescindir de semejante tufo para poder utilizarlo masivamente y en los interiores de los casi tres millones de viviendas que existían entonces en toda la nación.

“De haber recibido estos productos directamente de las empresas norteamericanas, nos hubiéramos ahorrado como mínimo 300 mil dólares”, calcula Trigo. “De no existir el bloqueo, los hubiéramos tenido rápidamente, pues significaba sólo un día de travesía importarlo de los Estados Unidos. Además, en condiciones normales, hubiéramos tenido facilidades de pago, ya que lo erogado resultó un monto importante.”

No quedó más remedio que confiarse a vendedores que se aprovechaban de la presión a la que se sometía la salud de miles de cubanos. Estos obtenían una buena mascada con los precios que fijaban. Los enviados de La Habana consiguieron finalmente comprar 500 toneladas de Malathion al 95 por ciento, 600 toneladas de Abate al uno por ciento, y 250 toneladas de Baytex, un producto muy caro, exclusivo de la Bayer. Este último valía en aquel momento unos 12 mil dólares la tonelada.

El abate, producto de fabricación estadounidense, tuvo que ser adquirido por trasmano

Llegado el día 31 de julio, un sospechoso “avionazo” consigue la muerte del jefe de la Guardia Nacional, Omar Torrijos. Los enviados del gobierno cubano se acuartelan en su Embajada ante el temor de encontrarse ante un pinochetazo. En espera de aclararse los sucesos, hacían guardia cosaca en la sede diplomática y en la residencia del embajador.

“Estuvimos varios días en eso hasta que llegó el entonces jefe del Estado Mayor, Manuel Antonio Noriega, y se entrevistó con el vicepresidente Carlos Rafael Rodríguez, quien había llegado a Panamá como representante de nuestro Gobierno para el entierro simbólico de Torrijos. Noriega le aseguró que con Cuba no habría problemas.”

Tras esas garantías, regresaron a la calle y completaron su trabajo. Adquirido todo, enviaron el cargamento por mar y vía aérea. Mas la tranquilidad no llegaba. Uno de los barcos, salido de Panamá, encalló en las costas de Belice con una carga importante de productos. Otra nave fue enviada para rescatar y llevar a su destino la preciada mercancía.

Al parecer, Trigo y González no fueron seguidos durante su misión panameña, a pesar de que la Embajada les aseguraba que estaban “marcados”. De todas maneras, aunque se movieron con entera libertad, apenas llegaban a los lugares y ya ahí sabían que estaban para realizar semejantes compras y hasta la prensa, como vimos, se hizo eco de sus andanzas.

De vuelta a casa los primeros días de agosto, ambos emisarios se integraron a sus labores cotidianas. Solo tuvieron idea de la magnitud de su trabajo cuando el 10 de octubre fue reportado el último caso de dengue en San Luis, Santiago de Cuba. El sistema de salud cubano, pese al bloqueo, había logrado cortar en pocos meses la más grande epidemia que flagelara al país en las últimas décadas.

 

 

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