Con uno de sus escoltas

“Me ocurrió un Primero de Mayo, en la Plaza de la Revolución. Ocupaba posición justo detrás de la tribuna, en un pasillo que da al parqueo; bajó el Comandante al terminar el acto, acompañado de Ignacio Ramonet, y venía hablando muy bajito. Cuando llegan frente a mí, me mira a los ojos y dice: ‘Te conozco’. ¡Y yo que me creía irreconocible con mi guayabera blanca!”

A su ingreso en la Seguridad Personal de Fidel

Quienes componían el grupo de apoyo a cargo de la Seguridad Personal eran más o menos de la misma edad, siempre vestidos de uniforme, aparentemente iguales. Jorge López Ramírez ganó el derecho a ser uno de ellos, mientras cumplía su Servicio Militar Activo en Angola, en la Lucha contra Bandidos, los aguerridos Olivos, al mando del General de División Raúl Menéndez Tomassevich. Lo integraba no hacía tanto y suponía que el Comandante en Jefe no estaría familiarizado con su fisonomía, mucho menos a reconocerlo vestido de civil.

El ahora capitán retirado, López Ramírez, continúa contándome vivencias de su vida cerca del Líder Histórico y en mi mente comienza un correr de secuencias… Fidel, cubriendo a tiros la retirada de sus compañeros en el cuartel Moncada, a bordo de un anfibio entre un mar de aguas procelosas cuando el ciclón Flora y sobre todo aquel momento tremendo contado por otro de los combatientes, cuando intentaron evitar que avanzara al lugar más arriesgado: “Reacción natural de todos: proteger a Fidel, porque su vida era mucho más valiosa que la de nosotros”.

Y la respuesta del Comandante “…nos dejó impactados por la forma en que nos dijo enérgicamente que como jefe de la Revolución tenía el derecho a combatir y entrar en Girón como el resto de los compañeros.

“Ya sobre el tanque, arremetiendo contra lo que pudiera presentarse antes de mojar las esteras en la playa, Fidel se encontraba enfrascado a cañonazos con el buque mercenario. Arriesgando constantemente su vida, porque iba a la cabeza del peine, a pecho descubierto, como uno más, apresando mercenarios que quedaban por la costa y el monte…”.

Fidel –reflexiono mientras converso con el escolta– jamás rehuyó el peligro, resguardaba su pecho con la camisa antibalas del valor y si le fuera dada a escoger, su muerte tendría que ser en la primera línea de combate. Su vida nos dejó la certeza de que no podría ser de otra manera. Paradójicamente, entre tantísimas que le asediaron, nunca le rozó una bala.

López, en su hogar, junto al medallero, las insignias y el acompañante de tantas acciones, su medio de comunicación
FOTO: Wiltse Javier Peña Hijuelos

Ahora tengo ante mí a un hombre ya no tan joven, uno de quienes merecieran el inmenso honor de anteponer su cuerpo al plomo que le estuviera destinado. Dirige la Unidad Básica de Comunales en La Fe y es frecuente verlo empapado de sudor porque “la escuela de dónde vengo no me permite llegar a un trabajador y no arrimar el hombro.

“Estábamos en el polígono –me cuenta como si escogiera la anécdota– entrenándonos en uno de los ejercicios de evacuación inmediata. Se utiliza cuando un incidente grave obliga a extraer del área a la persona protegida… Llega el Comandante y le pregunta al jefe de la Seguridad Personal, coronel Francis: “¿Qué están haciendo los muchachos?” –Un ejercicio de evacuación, Comandante, para extraer a un protegido. “¿Incluyéndome a mí?” –Por supuesto, Comandante…

Fidel se le queda mirando fijo, según nos contara después Francis, y lo reprende: “¿Entonces ustedes suponen que cuando se forme la balacera yo los dejo en peligro y permito que me ‘extraigan’ de la línea de combate? ¡Ni se les ocurra intentarlo! ¿Tendré que ordenarlo, coronel?”

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