¡Cómo le descargo a Mamá!

Tomada de Internet

Quiero escribir de la madre mía que siempre está en la cocina, en el coro de una Iglesia, en el medio de mi alma: quiero escribir y no me salen las palabras, se apretujan en el portón de la memoria; es que acabo de leer lo que mi esposa escribió de su mamá al escuchar una conversación de sus hijos:

“Mientras pasaban las historias de lo que había hecho en el día, me detengo emocionada ante lo que un hijo mío le decía al otro: ‘¡Cómo yo le descargo a mi mamá!’ Y sus ojos reían, y en el espacio de mi sala yo no cabía porque entendí que mis hijos me descargan, y supe que yo también le descargo a mami, al sonido de su voz en las mañanas, a los uniformes muy limpios y planchados, a las palabras que nunca aprendió, al luto por mi abuela, al piso brilloso de la casa, a su paso por los cuartos en la noche y su mano en la frente para saber si había fiebre, al amargor del dulce de naranja y a las fuentes de natilla, a la mesa solo para seis puesta siempre a la misma hora, a las preguntas de Ciencias Naturales que nunca pudo responder, a la increíble aventura de cruzar la calle con cuatro niñas, al amor a mi padre y al perdón de sus desventuras… ¡Coño, cómo yo le descargo a mi madre!”

Quiero escribir, pero apenas puedo decir que también yo le descargo…, aunque esas fueran palabras prestadas de mis hijos. Cierro los ojos y la escucho armando algo en la cocina, llevando, todas las mañanas, una taza de café a mi padre, barriendo el patio lleno de hojas de la mata de almendra.

Tengo en el silencio del pecho aquel abrazo de trinchera cuando una balacera irrumpió una madrugada en mi pueblo que dormía, o cuando me alzó hasta una cerca de alambres para esperar la mordida de un perro que corría con rabia; y ella sin otra arma que su vida por la mía.

Mi madre era pequeña como una muñeca de porcelana, pero se hacía grande y necesaria: los desayunos, el desvelo y el susto: sus gritos callando mis gritos cuando sin anestesia me cosieron una herida.

Lloraba todas las noches cuando por bajísimo índice académico me botaron de una escuela. Yo sin un colegio cercano, allá por los ’70, y ella haciendo cartas a los funcionarios porque decía que una estrella se perdía. Siempre me levanta más allá de la derrota, y su risa es una flor de campanillas bajo el coro de abejas laboriosas.

Ahora me hace feliz que mis hijos “le descarguen a su mamá”, es un modo de hablar del amor, del más limpio y duradero. También yo quiero decir algo de mi madre, pero mira cómo huyen las palabras. Solo puedo susurrar que se despidió de la vida con un beso. Ahora está cerca del mar, a unos dedos de las piedras. Al techo de vicarias cada mañana le caen las hojas que barren los pájaros. Ella está cerca de un algarrobo que vigila la hierba y la desmemoria, cerca del vientre donde se hacen los ríos, está muy callada… A veces la oigo cantar: desde su lecho despierta.

Y es que todas las madres van con sus hijos por la vida: a la guerra, al trabajo, al mar, a la noche interminable, extienden sus manos por encima de los mares y abrazan el dolor de las ausencias; ellas son la esperanza: ese retoño que guarda la cosecha. Por eso uno de mis hijos le dijo a su hermano: ‟¡Cómo yo le descargo a mi mamá!” El amor siempre se desbarranca, hasta los brazos de las que saben amar.

*Profesor de la Universidad y colaborador

Isla de la Juventud Opinion

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *