Cabellos de plata, corazón de oro

Foto: Yunaisy Castellanos Izquierdo

Esther tiene un corazón de oro. No en vano es el alma del barrio, la reliquia, como suelen decir cariñosamente algunos.

Sus cabellos de plata anuncian el paso implacable del tiempo. Dentro de dos años cumplirá 90. ¡Cuánta experiencia!

Ha visto partir a muchos seres queridos, mas ella no se rinde; posee una fortaleza de espíritu envidiable. “Asisto –no con la frecuencia de antes debido a la pandemia– al círculo de abuelos en la comunidad”, el cual le es de gran ayuda porque contribuye a la recuperación de sus capacidades físicas, la sociabilidad y autonomía.

Siempre ha sido muy activa, conversadora, alegre y dedicada a la familia.

En las actividades cederistas parece una adolescente. “Los temas de Cándido Fabré son mis favoritos, pero disfruto bailar con cualquier ritmo, la cosa es menear la batea”, sonríe.

Encontrarla en la bodega comprando el pan o en la carnicería era normal, pues “nunca fui de quedarme de brazos cruzados. Adoro sentirme útil”.

Pero el escenario cambió al aparecer las primeras señales de deterioro cognitivo. La falta de memoria, por suerte leve aún, comenzaba a jugarle malas pasadas.

“A veces se me olvidan las cosas mijita, son muchos años”. Las tareas cotidianas que antes asumía de manera voluntaria debió delegarlas a otros miembros de la familia. Sin quitarle el derecho a su autodeterminación y preferencias y a tener igualdad de oportunidades en la vida familiar, referido en el artículo 4 inciso k) del Código de las Familias –genuinamente cubano–, donde el referido grupo etario saldrá más empoderado.

“Ahora me encargo de tareas sencillas en la casa”, riega las plantas, colabora en la educación de su avispada bisnieta Liset y desde el portal sostiene animadas pláticas con los vecinos que
–cumpliendo los protocolos– no la abandonan.

Envejecer no es un proceso sencillo, y puede ser más o menos grato en dependencia del medio familiar. Resulta imprescindible servirles de apoyo para que estos cambios sean lo más llevaderos posibles. Tratar a los de la tercera edad con el debido respeto y ayudarlos a conservar un estilo de vida saludable son derecho y deber. Ellos constituyen un pilar básico en la educación de los descendientes, trasmiten sabiduría, tranquilidad, cariño…, y se benefician de forma mutua, pues también se enriquecen emocionalmente.

Como dice el poema: “El oficio de los abuelos…/es comprender/pisar con pies de plomo/esperanzarse…”; el nuevo Código los protege para ayudarlos, al igual a Esther, a abrirse paso ante los avatares de la vida.

 

 

 

 

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