¿Beber lo prohibido?

Foto: Archivo

Es temprano en la mañana y el panorama pocas veces varía: varios hombres y jóvenes sentados bajo un frondoso árbol conversan, juegan, destilan alcohol y algunos quedan tendidos en la acera, se tornan agresivos; mientras otros muestran un mal aspecto, como si el agua y la adecuada apariencia les resultaran ajena.

Puede ser también una de esas noches en que se prefiere liberar tensiones luego de una semana cargada de estudio o trabajo, la opción es comprar en cualquier punto de venta una botella de ron o varias de cerveza “porque así atraigo más jebitas”, “no soy el pasma´o del grupo”, “tengo tremendo swing”….

Más adelante escucho a una abuela malhumorada: “Deberían prohibir tomar, es más, convendría desaparecer la bebida, los muchachos cada día están peor, más vulgares, frescos y no dan un paso si no beben”…

Es cierto, hay ojos expectantes ante el consumo de alcohol, sobre todo en la adolescencia y la juventud, que aunque no es un fenómeno generalizado sí alarma ver a muchachos, casi niños, con botellas o latas en las manos en un fallido intento por crecer, querer ser hombre o reafirmar su varonilidad.

Pero siguiendo el hilo de la abuelita considero que no se trata de prohibir las bebidas alcohólicas o decretar una ley seca, todos sabemos a qué conlleva lo prohibido, lo que se pretende es que cada parte cumpla con lo que le corresponde.

Sí porque… ¿dónde está la familia?, ¿la labor educativa en los planteles educacionales?, ¿los centros comerciales y gastronómicos que ofertan tales productos y se los venden a menores violando lo establecido por querer cumplir planes?, ¿y la justicia?, ¿y la sociedad que en ocasiones prefiere voltear la cara?

El fenómeno amerita miradas acuciosas, pero sobre todo en el ámbito familiar, por ser precisamente el principal escenario de las lecciones educativas. Es ahí donde urge el diálogo abierto con los hijos, pero a partir de una conversación libre de todo “teque”, represalias o imposiciones y sí aleccionadora, guiada por el ejemplo y las mejores experiencias.

No se trata de decirles “es malo y punto” porque tampoco es tan así, pues según estudios el consumo moderado resulta beneficioso para proteger el corazón, las articulaciones y el aumento de la agudeza mental, por citar algunos ejemplos, pero el tema está en la  ingestión en edades tempranas y los excesos, lo cual sí agrava la salud, al punto de intervenir en la conducta y lacerar el sistema nervioso central y determinados órganos.

Podemos ir más allá al desmenuzarles los efectos negativos, explicarles que pueden involucrarse en fatales accidentes de tránsito,  tornarse violentos, perder el autocontrol, tener problemas con la ley a veces muy serios, poner en riesgo su integridad física y moral; así como la de su familia, faltar a clases o bajar su rendimiento académico, olvidos frecuentes, perder la conciencia, contraer enfermedades venéreas incluido el SIDA hasta caer en el vacío, del que cuesta trabajo después salir.

Entonces, no incitemos a los adolescentes y jóvenes a beber lo prohibido sino a ser muchachas y muchachos de bien, libres y sin dependencias, menos del alcohol.

Opinion
Karelia Álvarez Rosell
Karelia Álvarez Rosell

Licenciada en Defectología en la Universidad Carlos Manuel de Céspedes, Isla de la Juventud. Diplomada en Periodismo con más de 30 años en la profesión.

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