Así nació la televisión en La Isla (I)

TORRE-1Corría el último mes del año 1969. Una reunión interesante. Se debaten las dificultades con la entrada de la señal de televisión a Isla de Pinos. El Ministro de Comunicaciones plantea que la única solución es la instalación de antenas y los equipos receptores en una de las montañas más elevadas del territorio. A continuación informa que su ministerio dispone de los medios técnicos y el personal calificado para el asesoramiento, pero no tiene materiales de construcción ni la fuerza de trabajo para ejecutar las obras de infraestructura. El Primer Secretario del Partido en la región no lo piensa dos veces.

  El desbroce y los primeros dados en la cimaCorría el último mes del año 1969. Una reunión interesante. Se debaten las dificultades con la entrada de la señal de televisión a Isla de Pinos. El Ministro de Comunicaciones plantea que la única solución es la instalación de antenas y los equipos receptores en una de las montañas más elevadas del territorio. A continuación informa que su ministerio dispone de los medios técnicos y el personal calificado para el asesoramiento, pero no tiene materiales de construcción ni la fuerza de trabajo para ejecutar las obras de infraestructura. El Primer Secretario del Partido en la región no lo piensa dos veces.

–Mande Ud. Ministro, los ingenieros para localizar el lugar más apropiado y elaborar los proyectos. Lo demás estará a cargo de los jóvenes columnistas con el apoyo del pueblo pinero, –dijo.
–Me agrada su posición –le responde el Ministro–, pero tengan en cuenta que yo no puedo retener esos equipos ociosos por más de un año esperando por ustedes.

Dos semanas después estaban en la Isla los ingenieros y se designó al Segundo Secretario de la UJC en la región para trabajar con ellos en la localización de la montaña más apropiada y asumir la responsabilidad de la ejecución de las obras de infraestructura.

La elevación seleccionada fue la Sierra Caballos, cercana al antiguo Presidio Modelo. Una semana después se contaba con los planos de la carretera que era imprescindible construir y continuaron trabajando en los proyectos para el local de los medios técnicos y las bases de apoyo de las antenas.

Un cubo de agua fría cayó, pero el ánimo aumentó

A partir de esta fundición crecerá la torreSábado santo, 2:00 p.m. Retornaban los ingenieros de la capital con los planos concluidos y una valoración general sobre la complejidad de los trabajos que se realizarán. En horas de la noche se efectúa, en el teatro del Partido, una plenaria con los secretarios de la UJC, jefes de campamentos de los columnistas, directores de empresas y representantes de todas las organizaciones de masa.

La intervención central estuvo a cargo del jefe del grupo de ingenieros del Ministerio de Comunicaciones. La exposición fue brillante. Por dónde y cómo llegaría la señal de la televisión a las antenas de la Isla, las particularidades de la ejecución de cada objeto de obra y sus ventajas.

Todos escuchaban, con atención, cada detalle de la explicación. Algunos de los jóvenes más ilusorios ya se imaginaban, en pocos meses, al frente de un televisor con imágenes y sonido como si estuvieran en la capital, pero la utopía pronto se desvaneció…

Al concluir los informes especializados: hidráulicos, viales, eléctricos, constructivos, entre otros, el ingeniero principal, en su resumen final, planteó:

–Como podrán apreciar, la obra es compleja. Según los cálculos efectuados, además de los volúmenes de materiales, es necesaria una brigada especializada en la construcción de carreteras en montañas, buldózer y camiones con la potencia requerida para trabajar en alturas y terrenos rocosos, concluyó. Según nuestros cálculos, si se aseguran todos los recursos humanos y materiales especializados, dentro de dos o tres años, estaremos en condiciones de iniciar la instalación de las torres y los medios técnicos.

Un cubo de agua fría se dispersó en el plenario. Especialmente sobre los jóvenes más soñadores. Se produjo un silencio que ni el aleteo de los mosquitos se escuchaba. De repente un intrépido columnista se puso de pie y planteó:

“Oiga, ingeniero, con todo el respeto que usted se merece, si esperamos a tener todo ese personal especializado y los recursos que plantea para iniciar las obras ni en diez años se verá la televisión en la Isla, y añadió: No es capaz de imaginarse lo que han hecho los columnistas y el pueblo pinero en los tres años transcurridos desde el azote del ciclón Alma. Esta será una obra de choque más de los columnistas para mostrarle a Fidel que nos hemos ganado el derecho de ponerle el nombre de Isla de la Juventud a este territorio.

Los aplausos y las continuadas arengas de apoyo al joven no se detenían. El Primer Secretario del Partido aplacó los ánimos planteando que apoyaba la respuesta del plenario y se convocaría a una próxima reunión para precisar cómo y cuándo se iniciarían los trabajos.

Al borde del segundo mártir

...y se hizo realidad, pero todo no está hecho

No se esperó al próximo encuentro. Al terminar la plenaria, el Secretario de la UJC en la Región, convocó a los miembros del Buró y varios Jefes de campamentos y políticos cercanos a Sierra Caballos. “Para mañana no hay tiempo, les dijo, pero el domingo que viene se rompe el corojo.”

Le orientó al Segundo Secretario que, según los planos, marcara en no más de cinco días las áreas por donde correspondería abrir la trocha para la futura carretera. En ese tiempo debía informarle a los jefes de campamentos la cantidad de machetes, hachas, picos, limas y jóvenes que movilizaría para el primer trabajo voluntario. Recalcó que no debían ser más de 20 para empezar.

En la primera movilización no se avanzó mucho pero, se mostró que se podía. Después de las cinco de la tarde, mientras la claridad lo permitía y los fines de semana las hachas y machetes no se detenían con columnistas y pobladores voluntarios. En casi mes y medio quedó abierta la trocha. Un grupo de jóvenes zapadores entraron a la carga con los explosivos para eliminar los obstáculos al buldózer y demarcar la trocha de la futura carretera. A la vez se instalaba una turbina por la ladera norte y se iniciaba la red hidráulica y las conexiones eléctricas hasta la cima de la montaña.

Los trabajos se incrementaban y con mayor complejidad. El Buró Regional de la UJC decidió designar a Manuel, experimentado cuadro en obras de choque, al frente de la tarea y al Secretario de la juventud de los Ferris, el Marino, como segundo. Ya se habían desbrozado los primeros 100 metros del camino con un buldózer recuperado de Recursos Hidráulicos. El operario Siete Leguas, como lo apodaron los columnistas, no era experimentado en esos trajines, pero qué coraje el de ese joven.

En el llano se trabajaba en la recuperación de un compresor con martillos y barrenas, una concretera con determinada cifra de vagones y palas. Una campaña recopilando todos los áridos, bloques y cemento sobrantes de las distintas obras que iban concluyéndose en la Isla. En la montaña los zapadores comenzaron a aplicar explosivos en los inmensos dados para las bases de las antenas y los cimientos de la edificación. Las movilizaciones diarias no se detenían. Destacamentos de movilizados, con picos, palas y a mano, limpiaban y nivelaban los tramos que desbrozaba el buldózer y extraían los restos de escombros de las explosiones de los dados y zapatas en la cima.

La ladera, al inicio de la futura carretera, se inundaba de materiales constructivos recuperados y grandes recipientes con reserva de agua. Una iniciativa dio resultados. Todo el que subiera a trabajar, chequear o curiosear a la cima, tenía que escalar con un saco de áridos, cargar un cubo con agua o un bloque. Con las manos vacías no se permitía subir. En los momentos picos de las movilizaciones, a distancia, se percibía un cordón semejante a bibijaguas trasladando materiales para la explanada acondicionada como almacén en las alturas.

A los seis meses, aproximadamente, el buldózer llegó a la cima. No se hizo esperar para que subiera el compresor con los martillos y barrenas. En pocos días estos instrumentos retumbaban por toda la Sierra Caballos. El militante de la UJC que lo maniobraba, bautizado por los columnistas como El Infante, apenas le daba descanso en 12 horas de trabajo.

El Teleférico dos comenzaba a instalarse. Era inminente el inicio de las fundiciones y apremiaba acumular reservas de áridos, agua, cemento y acero. No se podía esperar al asfaltado de la carretera. Llevaba mucho tiempo y no se disponían de los recursos. El Jefe del Ejército en la Isla prestó un KP3 de doble tracción con un sargento como chofer. El conductor hizo un primer intento con el transporte vacío y, con algunos percances logró escalar hasta la plazoleta de almacenaje en la cima. En un segundo intento partió cargado de gravilla. Todo iba perfecto. La carga estabilizaba más el camión. La euforia era tremenda. Los columnistas presentes corrían, loma arriba, en los laterales del transporte como si custodiaran un trofeo.

Lo inesperado, pero temido. El camión dobló la última curva que conducía a la pendiente final y más elevada. De fondo un inmenso barranco. Al escalar los primeros cinco metros el transporte empezó a patinar y descender de marcha atrás en dirección al precipicio. Los columnistas que lo escoltaban comenzaron a lanzar piedras en las ruedas traseras pero no lograban detenerlo. A dos metros del barranco, los jóvenes empezaron a gritarle al chofer: Sargento tírese, abandone el camión, tírese, tírese. El pequeño negrito se perdía dentro de la cabina maniobrando y solo gritaba repetidamente: Mi nave yo no la abandono, no la abandono, coñooooooo…

Cuando el equipo se encontraba a un metro de desplomarse por el cañón el Sargento soltó el acelerador, presionó los frenos, trancó la emergencia y se aferró al timón. El transporte dejó de balancearse hacia los laterales pero continuaba descendiendo. Tírese Sargento, tírese, no sea animal, continuaban gritándole los columnistas. El chofer no respondía. Su piel negra iba adquiriendo un color rojizo y las gotas de sudor le corrían por el rostro como manantiales de agua.

Por suerte, a 30 cm de desprenderse por el barranco, se detuvo el camión y en avalancha los columnistas que le acompañaban lo calzaron en las gomas traseras con gruesas piedras. Siete Leguas se desprendió corriendo hasta la cima y descendió con el buldózer, a remolque continuaron el viaje con la carga. Al llegar a la explanada uno de los jóvenes le gritó de manera jocosa: Negrito, eres más guapo que Maceo. A partir de ese momento, el joven militar que estuvo hasta el final subiendo materiales quedó bautizado como el Sargento Maceo, el posible segundo mártir en la reconstrucción y desarrollo de la actual Isla de la Juventud, después del valiente e inolvidable Cristóbal Labra.



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