Aquel muchacho entre tormentas y El Abra (parte II y final)

Ilustración: Grupo creativo Croma

Cora Bellido de Luna, hija del deportado José Bellido de Luna y quien aquel 13 de octubre de 1870 en que José Martí llegó a Isla de Pinos con solo 17 años, estaba con su padre en el muelle del río Las Casas, rememora en la entrevista publicada en 1953 por el periódico habanero Ataja, que el muchacho además “…ayudaba a mi papá a hacer trabajitos manuales… Le gustaba mucho pulir piezas de carey…”.

–Estos aretes los guardo como si fueran de oro… Martí los pulió para mí… Me los regaló cuando ya estaban terminados…, subraya la anciana mientras saca de una cajita un par de aretes… retocados por Martí, y, como refiere el periodista González-Regueral, los acerca a las orejas con femenil coquetería y llena de alegría sus ojos…

Y la ancianita ríe como chiquilla al recordar aquellas escenas clandestinas, destaca la publicación, lo cual refuerza evidencias de los descendientes de Sardá acerca del inquieto adolescente que no va solo a buscar cartas a Nueva Gerona, ni se aísla en la finca de 12 caballerías de tierra de su benefactor, todo lo contrario.

PATRIÓTICA HERENCIA

La mujer, de largas trenzas en su niñez, está ciega cuando narra sus vivencias, pero advierte el entrevistador que sus azules ojos brillan con la luz interior del recuerdo imborrable.

Igual pasión descubro en la nieta de Cora: Rosa María Andréu Fonseca, quien en este siglo y con más de 70 años me mostró ese revelador testimonio y el patriótico orgullo de la familia.

“En su lecho de muerte mi abuela me dijo –expresa– que esos aretes no los vendiera ni permitiera que alguien especulara con ellos, que conservaran la pureza de quien los obsequió y los pusiera en las manos más seguras…, y qué mejor que en una institución de la Revolución, por eso entré en contacto con el Museo de la Casa Natal y los doné con confianza…”.

Con sencillez que dan vida a los versos del Apóstol, me pide que no le tome fotografías, pero se desvive por mostrarme las de sus descendientes y los periódicos que dan fe de patriótica herencia.

CAYO HUESO Y EL RETORNO A LA FINCA…

“Ella –recuerda Rosa María sobre la abuela– siempre hablaba con gran orgullo de Martí, a quien dijo que volvió a ver en Cayo Hueso, Estados Unidos, adonde fue la familia emigrada, en medio de los preparativos de la guerra de 1895, para la que aportaron recursos.

“Y se admiraba de ver a aquel muchacho hecho ya gran guía por la independencia, que unía con fuerza de imán y sobrecogía a todos con sus argumentos a favor de la Patria, de Latinoamérica…”.

Entre sus anécdotas sobresale su evocación de la visita de Cora “a la finca El Abra en 1948, donde se quedó maravillada del museo que encaminaba con enormes sacrificios allí Elías Sardá, hijo del generoso catalán, con apoyo del pueblo pinero y sin respaldo de los gobiernos de la época, que no hacían otra cosa que humillar al Héroe Nacional con su politiquería…”, enfatiza Rosa María.

REMANSO E INMENSIDAD

Apenas hacía entonces cuatro años de la inauguración de la única institución museística en el territorio y que rememora el sitio al cual llegó el joven luego de cumplir parte de la condena por infidencia en las canteras de San Lázaro, y de haber estado recluido en la cárcel nacional y el presidio habanero, en tránsito a su destierro a España en enero de 1871.

Pero ese paso sigue siendo símbolo. Monumento Nacional fue declarado el sitio en 1949 gracias al apoyo de Emilio Roig de Leuchsenring, historiador de La Habana, quien señaló la importancia del recuerdo y la glorificación de Martí para “la cubanización y el engrandecimiento de Isla de Pinos”, amenazada entonces por espurios intereses.

Roig describe en 1944 esos 65 días del joven en las cercanías de Nueva Gerona como el “dulce remanso” de Martí, y Eusebio Leal Spengler califica en el 2018 esa estancia como “refugio temporal”.

Pero este 2020, con el vivo homenaje de pueblo, confirmo el eterno retorno del joven a la ínsula salvadora, con sus ideas oteando el horizonte de la humanidad y el acogedor entorno al pie de la marmórea sierra custodiando su inmensidad de hombre de todos los tiempos.

Isla de la Juventud Martí-El Abra
Diego Rodríguez Molina
Diego Rodríguez Molina

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana. Tiene más de 40 años en la profesión

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