Aquel muchacho entre tormentas y El Abra (parte I)

Algunos de los principales momentos del joven José Martí hace 150 años relacionados con la entonces Isla de Pinos.

El territorio pinero fue uno de los pocos lugares de Cuba donde estuvo físicamente José Martí en su corta vida, de ahí que su estancia en la entonces colonia penal hace 150 años, adquiere mayor valor y su evocación resulta entrañable.

Foto: Archivo

Conmovido recorro estos escasos tres kilómetros que separan a Nueva Gerona del hoy Monumento Nacional y museo El Abra, trayecto que por estos días alegran niños y jóvenes en su ir y venir, tras las huellas del estudiante que llegó a este paraje con 17 años, luego de sufrir durante casi siete meses el “dolor infinito”

–según sus palabras– de los trabajos forzados en las canteras de San Lázaro y de la prisión en la fortaleza La Cabaña, en La Habana.

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En la magia tejida por la cronología de fechas memorables como la del 13 de octubre de 1870, cuando arriba el joven a Isla de Pinos, hasta los huracanes dejaron su huella.

¿Por qué tuvo que esperar varias semanas detenido en La Habana para ser embarcado a la segunda ínsula cubana, si desde el cinco de septiembre el Capitán General español le había conmutado la condena de seis años en presidio por el confinamiento en el territorio, que albergaba deportados políticos?

LOS CICLONES RETRASARON EL VIAJE

Existen evidencias de que dos ciclones debieron retrasar el viaje que lo salvaría del martirio carcelario, pero no había confirmación de rigor, hasta que el Centro de Pronóstico del Instituto de Meteorología y los archivos de la revista Bohemia corroboran uno el siete de octubre de 1870: “El huracán de San Marcos ocasiona daños catastróficos en la provincia Matanzas, como resultado de la combinación de su lento desplazamiento con los fuertes vientos sostenidos, intensas lluvias y la sobrelevación del nivel del mar.

“Este sistema ciclónico deja unas 800 víctimas fatales”, agrega la información sobre una tormenta que por su magnitud afectó los mares del sur, interrumpió la navegación marítima entre Batabanó y Nueva Gerona y retrasó el traslado de quien luego sería el preclaro líder de la Revolución en el siglo XIX y deviniera Apóstol de Cuba.

TESTIMONIO EXCEPCIONAL

Otros detalles se suman a lo ya conocido acerca de él, quien que tras su arribo el 13 de octubre y registrarse como deportado, se encamina a la casa del catalán José María Sardá que lo acoge por gestiones del padre de Martí, en su finca El Abra, donde convive con la familia, su esposa Trinidad Valdés e hijos.

Ciertamente junto a ellos recupera el joven su salud, alivia las llagas, cura los ojos dañados por la cal y el sol en las canteras habaneras, escribe y lee cartas, cautiva a los niños con su palabra y medita sobre la reciente experiencia que poco después plasma en El Presidio Político en Cuba, publicado en España meses después, pero nuevas aristas de su estancia aquí ofrece un testimonio excepcional.

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Se trata de una muchacha que lo viera llegar, recibe luego como obsequio aretes de carey retocados por el joven y revela los vínculos con otros patriotas.

–Él iba el primero… Parece que lo estoy viendo… ¡Tan niño, entre aquellos hombres!… Con su pantaloncito de dril blanco y un saquito negro… Llevaba sombrerito de pajilla y la cabeza así… como pensando…”, relata Cora Bellido de Luna, hija del deportado José Bellido de Luna, quien ese día estaba con su padre en el muelle del río Las Casas, acerca de la llegada de Martí, en entrevista publicada en 1953 por el periódico capitalino Ataja.

ÉL IBA PRIMERO…

–Él iba el primero (subraya la anciana que en 1870 tenía nueve años y falleciera en 1961 con casi 100)…

Y luego, de dos en dos… todos los demás. Hasta sesenta… Saladrigas, Montero… ¡Lo mejor de La Habana! Médicos, abogados… los revolucionarios desterrados que iban a sufrir en Isla de Pinos…

“Después nos cuenta, relata el periodista cómo su padre, impresionado…, se dirigió a él:

–“¿Qué edad tienes, muchacho?”…

–“Diecisiete años”.

–“¿Y por qué estás aquí?”

–“Vengo deportado por querer la libertad de mi Cuba”…

Aclara ella que luego del permiso que debía concederle Sardá, al que da jerarquía de coronel, para que el muchacho los visitara, y enfatiza:

“Mi papá le tomó cariño enseguida… y lo hacía venir… a nuestra casa para que se entretuviera entre cubanos… Venían muchos…  “Leíamos periódicos

–precisa al responderle al periodista sobre lo que allí hacían–. Todas las semanas mi papá recibía periódicos de La Habana: El Diario de la Marina, El Diario de Cuba y el Moro Muza… Pero sus amigos mandaban, escondidos entre los periódicos españoles, otros periódicos de los revolucionarios. Hojas impresas… Entonces unos cuantos se ponían en el portal, …mientras José Martí, que era el que mejor leía, se ponía en el último cuarto de la casa para leer en voz alta”…

Historia Isla de la Juventud Martí-El Abra
Diego Rodríguez Molina
Diego Rodríguez Molina

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana. Tiene más de 40 años en la profesión

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