¿“Americanos” de otro mundo?

Una maestra de educación primaria, en plena faena docente, explicaba con esmero a sus alumnos de cuarto grado: “somos americanos porque pertenecemos al continente de América”. La idea al inicio me resultó confusa, sobre todo teniendo en cuenta esos aires de exclusividad con que se presentan los vecinos de norte, como si fueran los dueños del hemisferio.

Es la sutileza de los términos manipulados con toda intención desde afuera y del cual otros se hacen eco de un pensamiento colonizador, imperialista.

Y en este sentido somos víctimas de una política subversiva, que de hecho desprecia e irrespeta a los demás pueblos de la región, principales afectados por el hegemonismo estadounidense.

Esa misma artimaña, la cual nos ha dejado sin gentilicio como habitantesde América, resultó para convertir a muchos en desmemoriados y casi arrancar de raíz la historia de esta área geográfica que demostró su identidad frente a varios imperios e incluso derrotó en el terreno militar.

Equivocadamente, “americanos” en cualquier parte del orbe se entiende por los radicados en Washington y los defensores de una antaña doctrina, aplicada por Monroe en 1823, que pretende convertir a nuestros países en su patio trasero, en su zona de influencias: “América para los americanos…”.

Cuando el águila imperial se empeña en hacernos olvidar nuestras luchas pasadas persigue la premisa de la subyugación política, económica y cultural de los nacidos desde el río Bravo hasta la Patagonia.

La política enajenante de los gobiernos estadounidenses se traduce en acciones y actitudes que esclavizan a aquellos pretensiosos que han creído en la “perfección” del modo de vida en ese país. Ejercen la xenofobia como práctica cotidiana y miran por encima de los hombros a los descendientes de los mayas, aztecas, incas y otros pueblos originarios, hipnotizados por el “sueño americano”, por el cual incluso arriesgan sus vidas.

Una caravana de “soñadores” marcha hacia Estados Unidos, les espera el muro cruel que no distinguen entre niños, mujeres y ancianos. Esos migrantes están anhelantes por un paraíso, cuyos dueños los miran con desprecio. Sin saberlo, son atormentados por la exclusividad de un nombre que también es suyo.

Los del norte, ¿son acaso “americanos” de otro mundo? Eso quisieran quienes se sienten una raza superior en una nación revuelta y brutal, donde se crean los falsos superhéroes dispuestos a conquistar el planeta. Se engañan, en realidad son entes de un mundo patas arriba como su propio pensamiento retrógrado.

Ellos hoy nos imponen ser partícipes de su show nacionalista, lleno de arrogancia y prepotencia, de extrañas elecciones que tienen más de negocio y de show que de democracia. Quieren volvernos consumidores de lo que los exalta como salvadores del planeta y defensores de los derechos humanos, disfrazando la hipocresía y pobrezaen las acciones.

Y sí, coincido con la educadora, ¡somos americanos!, pero habrá que limpiar el nombre de América; impuesto, primero, a los indígenas; convertido, después, en símbolo del colonialismo y luego despojado de toda ética y diplomacia para que en nombre de la libertad y de la democracia, las garras feroces de Estados Unidos desgajen el mundo a su antojo.

Que las recientes “trumpadas” del imperialismo yanqui no cieguen nuestros empeños. Aunque se exalte el mito de America first (América primero) muchos sabremos luchar, llevando en la frente, como escudo, una excelente fórmula martiana: “andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes”.

(*) Colaborador.

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