Amanecer

La fría temperatura obliga a la mayoría de los habitantes de la ciudad a estar en sus casas. Escuchan la radio, pocas son las viviendas que pueden darse el lujo de tener un televisor.

Es la madrugada del Primero de Enero de 1959 y difunden la noticia: “El tirano Fulgencio Batista se ha ido”. Desde el aeródromo de Columbia despega el avión lleno de corrupción y crímenes, que le niega, por años, al pueblo la anhelada justicia.

Horas después, los comercios pineros abren y la luz de la mañana cubre los salones donde venden sus mercaderías. Por los laterales de la calle principal arriban los habituales caminantes y tratan de comunicarse. Los menos temerosos en alguna esquina se reúnen y con cautela, pero con determinación, intercambian opiniones acerca de los confusos sucesos; para estos revolucionarios: ¡Cuba sería libre!

Mientras tanto, en una modesta casa de Nueva Gerona todo es alegría. En su sitio permanece el viejo aparato que durante la lucha insurreccional sintonizan solo en Radio Rebelde y noche a noche escuchan: ¡Aquí Radio Rebelde…!, para acto seguido saber que se trasmite desde el territorio libre de Cuba.

Por ese medio conocen que se acabarían los crímenes, las persecuciones; la muerte, que cada día acecha a los herederos del pensamiento martiano, quienes rechazan el ultraje, el abuso, la mentira y dentro de poco tiempo tienen entre ellos, a quien inconforme con la triste realidad en que vivía su patria decide tomar el camino de la lucha armada junto a su mejor amiga, acompañadas de un médico de estirpe mambisa, el cual quiso poner su escalpelo a disposición de una causa justa.

Los amaneceres se suceden uno tras otro, aunque distintos en acontecimientos. Las tropas rebeldes avanzan hacia la capital y su jefe ante las hostiles maniobras de Generales del derrocado régimen, proclama: “Revolución sí…Golpe de de Estado no”.

Mis ojos de niño descubren y reciben respuestas de acontecimientos que suceden en el viejo patio de la antigua casa, donde hay un pozo, cuya agua abastece la vivienda. Allí, en años anteriores, vi cavar muchos hoyos y sembrar pocos árboles. Eso era algo que necesitaba respuesta y, al fin, se desvela el increíble misterio.

Voy al baño, me aseo y al sentir voces veo por la ventana con picos y palas en las manos a parte de mi familia y algún que otro amigo. Corro hacia la puerta trasera, dándome cuenta de que no era el único espectador.

Los excavadores ponen en la superficie grandes latas llenas de galletas de sal o soda…, y de sus entrañas surgen pistolas, brazaletes con los colores del 26 de Julio y de unos envases sacan pomos de cristal de diferentes tamaños llenos de agua y en su interior hay cuadritos de color verde parecidos a unos caramelos de menta que se ofertan en los comercios por esos años.

No recuerdo quién alza la voz con tono autoritario y dice: “Tengan cuidado con esos pomos, su contenido es altamente inflamable; es fósforo vivo”. Allí burlan la vigilancia de la dictadura, que noche tras noche vigila a sus moradores. La inteligencia de los miembros del 26 de Julio y demás revolucionarios aquí demuestran que cuando la conciencia y el corazón se unen no hay fuerza que les cierre el paso.

Han pasado los años de aquel hermoso suceso y en mi mente resuenan  las palabras de Martí escritas a su amigo Manuel Mercado: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarlas en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

Por Raúl Cárdenas Fernández (*)

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