Altura a pie de surco

Foto: Gerardo Mayet Cruz

La mañana amaneció de cielo encapotado y nubes cargadas de agua que anunciaban el aguacero inminente, una mañana de mal tiempo como aquella que yo vi cuando un avión de 48 plazas vino hasta el aeropuerto Rafael Cabrera Mustelier a recoger a un solo pasajero, una niña en estado de máxima gravedad.

Los resultados de la Tomografía Axial Computarizada no dejaban dudas: sufría una meningitis viral aguda con la mitad de su cerebro anegado con líquido extravasado.

No importa el nombre del padre que estuvo todo el tiempo junto a la camilla. Pudo ser usted o yo… Importa sí, el piloto, que andaba en traje de mecánico manchado de grasa, ni se cambió de ropa para partir de inmediato a la urgencia.

Interesa que aquel padre atribulado no pagó un centavo por un  servicio tan rápido y costoso. Importa que nadie le preguntó cómo pensaba ni a qué se dedicaba…

Quienes realizaron la hazaña celebraron el Día del Trabajador de la Aviación Civil –este 15 de febrero– y lo hacieron de un modo especial, no en la pista ni junto a la escalerilla, sino a pie de surco, con un trabajo voluntario en la UBPC Camilo Cienfuegos, porque como me dijera uno de ellos, los alimentos tenemos que resolverlos entre todos.

Quienes acometieron esas labores son los mismos que a todo riesgo trasladan las muestras de covid-19 para sus análisis en la capital del país, traen y llevan pacientes, entre otras misiones sanitarias, y son el lazo extremo que nos une a la isla grande.

Entre ellos resulta muy difícil nombrarlos. Nuestro agradecimiento los abraza a todos. Y llevan años haciendo lo mismo y contribuyen a salvar vidas de forma anónima, como corresponde a quienes tienen su corazón latiendo con este tiempo convulso y grandioso.

En este trabajo voluntario en la siembra de coco, boniato y frijoles, en una mañana que amenaza lluvias, retengo el rostro sudoroso de Idairis Estrada Ricardo –quizá la más modesta– auxiliar general de servicios e imprescindible.

Foto: Gerardo Mayet Cruz

“Cuando subo a los aviones –resuenan sus palabras en mis oídos– paso el paño con el desinfectante a los asientos, a los pasamanos de la escalerilla, para que todo quede desinfectado y cuando suban los próximos pasajeros nadie sea contagiado”,

Con personas así, como me contara el maestro de periodismo Luis Sexto, este país se salva, se salva de cualquier mal aunque resulte invisible.

Foto: Gerardo Mayet Cruz
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