Alternativas al alcance de la mano

EL ESCURRIMIENTO por las intensas lluvias va lavando la capa fértil de los suelos, la arrastra y empobrece. No menos dañinos pueden ser los fuertes vientos o el sol intenso, integrantes de un trío maléfi co que conspira siempre contra el agricultor.

Contrarrestar sus efectos incluye diferentes estrategias que van desde el cultivo en terrazas hasta el surcado paralelo a la pendiente del terreno, recursos poco empleados en nuestro territorio, donde los mayores esfuerzos se encaminan a revitalizar los suelos integrándolos con componentes enriquecedores.

Entre otros, la adición de carbonato de calcio para contrarrestar la acidez o la siembra de leguminosas que aportan nitrógeno, uno de los tres agentes químicos esenciales.

Sabemos que el compost y el humus de lombriz, por citar algunos, son una solución natural a la falta de fertilizantes, mas todavía su empleo es mínimo a pesar de poder producirse en cualquier área de cultivo.

Con anterioridad hemos producido cantidades discretas de zeolita pinera, mineral que retiene –durante un tiempo prudencial– varios elementos nutritivos, favorece la aireación y conserva agua.

Ahora la agromena –novedoso abono de producción nacional– se adueña de la palestra y afrontamos un empeño formidable: componerla con recursos locales, donde la turba extraíble en las inmediaciones de la Ciénaga de Lanier será uno de sus componentes de mayor volumen, aunque es muy pobre en nutrientes.

La explotación de la turba isleña se ha intentado otras veces, mas se dejó de emplear por lejana, trabajosa y cara en transportación.

Vale la pena, entonces, detenernos en otra posibilidad que nunca se tuvo en cuenta ni está incluida tampoco en la estrategia actual.

Somos ricos en cascarilla de arroz, desecho en el pelado del grano. Posee baja densidad, es ligera, de buen drenaje y proporciona aireación excelente en cualquier mezcla de suelos.

Retengamos estos datos y formulémonos una pregunta: ¿Adónde ha ido o dónde se encuentra buena parte de la antigua capa vegetal pinera que permitía cosechas abundantes con no mucha fertilización?

Hoy está, como puede comprobarse, debajo del agua en las 14 represas mayores –hay otras menores– adonde fuera a parar con el arrastre de las lluvias. Lleva allí más de 40 años y forma una gruesa capa de sedimentos, ricos en nutrientes, aportados en tanto tiempo por toda la microfauna piscícola y de microrganismos que enriquecen cada estanque.

La efectividad de sus nutrientes –libre de malas hierbas, nematodos y otros patógenos–nadie la pone en duda, decenas de agricultores la aprovecharon mientras hubo acceso a estas ricas áreas marginales.

Abrir la compuerta y bajar el nivel de las aguas tiene un costo mínimo. Si a la masa de sedimentos recuperada, luego de asolearla, le agregamos la cascarilla de arroz para darle porosidad, la calidad del nuevo compuesto será tan ventajosa como completa en relación con cualquier otra fórmula para la rehabilitación de nuestros suelos.

Una alternativa muy conveniente cuando tanto importa producir más y a menor costo.

Isla de la Juventud Opinión

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