Ají guaguao, rareza a rescatar

Este arbusto de hojas pequeñas, frutos del tamaño de una pimienta, rojo o amarillo cuando maduro y muy picante, crecía silvestre en las regiones montañosas aquí; aunque es frecuente en terrenos desmontados, ahora constituye una rareza, con historia, que conviene rescatar.

Se trata de una planta anual de la familia de las Solanáceas.

¿Cómo reproducirla? En canteros de un metro a 1,20 de ancho, donde se trazan surquitos separados diez centímetros entre sí; depositando las semillas a chorrillo, distribuyéndolas para que las plántulas no crezcan apiñadas. Luego, antes de su primer riego, deben cubrirse ligeramente con tierra y comprimidas con una tabla.

La puesta en canteros depende de cuándo se desee hacer la plantación definitiva, como promedio unos 40 días antes.

El ají guaguao se desarrolla en todo tipo de terrenos, de preferencia zonas húmedas y en el bosque, pues no precisa de luz intensa.

Su fruto pica porque tiene capsaicina, compuesto que le da cierto sabor a pimienta y lo defiende contra los mamíferos, no contra las aves.

Diego Álvarez Chanca, médico en el segundo viaje de Cristóbal Colón –cuando descubrió a La Evangelista– lo llevó a Europa y fue el primero en escribir sobre sus propiedades medicinales, en 1494. Desde entonces se le aprecia como antiparasitario y para tratar las hemorroides.

Quizás aquellas primeras semillas fueran aportadas por este terruño donde el Almirante permaneció 12 días, más tiempo que en cualquier otro punto del enrevesado periplo.

Ese condimento pasó pronto a integrar la culinaria de la Península ibérica, en la cual no se conciben ya unos salchichones o chorizos sin el picante que les aporta. Agrego dos curiosidades:

El chile habanero, pariente cercano del ají guaguao, ostentó hasta 2007, el récord Guinness como “la especie más picante del mundo”. Los piratas que merodearan las costas pineras aliñaban las carnes con el sazón más a tono con la ferocidad de sus gargantas: sal, limón y… ¡mucho ají guaguao!

Historia Isla de la Juventud

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