Abel, el elegido

Siempre que se hace una historia/se habla de un viejo, de un niño o de sí,/pero mi historia es difícil:/no voy a hablarles de un hombre común./ Haré la historia de un ser de otro mundo,/de un animal de galaxia.
Abel Benigno Santamaría Cuadrado, de niño prefería visitar la finca de un amigo de la familia para bañarse en el río, montar a caballo y buscar melones, caimitos y otras frutas.

En Encrucijada, su ciudad natal, asistió con sus hermanos a la escuelita número uno, donde la maestra de primer grado lo enseñó a leer.

Sus padres Benigno Santamaría Pérez  y Joaquina Cuadrado Alonso, con ilimitada entrega hicieron mujeres y hombres de bien a sus cinco hijos: Haydée, Abel, Aldo, Aida y Ada, quienes fueron seres humanos capaces de sentir en la mejilla propia el dolor ajeno y de luchar contra cualquier infamia.

Cuando se trasladaron al central Constancia, en Barrio España,  estudió del segundo al sexto grados. Allí tuvo un fabuloso maestro que influyó en su formación revolucionaria y lo adentró en la lectura y conocimiento de la vida de los héroes de la Patria, de la lucha por la independencia y las obras martianas.

El pedagogo descubrió en Abel su fibra patriótica y cualidades como la disciplina, el humanismo, la caballerosidad, el desinterés, pues solía compartir su merienda, pupitre y pertenencias con los demás, era comunicativo y le gustaba jugar a la pelota, en la posición de pícher.

Mientras estuvo en ese plantel, cada fin de curso le tocaba recitar la poesía Los zapaticos de rosa, de José Martí, y en sexto grado ganó un concurso martiano.

Es una historia que tiene que ver/con el curso de la vía láctea,/
es una historia enterrada/es sobre un ser de la nada./Nació de una tormenta/en el sol de una noche,/el penúltimo mes.

Con 14 años trabajó en la tienda del central donde empieza de mozo de limpieza, pasa a despachador de mercancías y luego a oficinista. No le gustaba la injusticia, tenía inconformidades y sufría ante tanta pobreza, por eso ayudaba a todo el mundo, en especial porque en el ingenio se laboraba solo de tres a cuatro meses.

Allí conoció a Jesús Menéndez y escuchaba con atención sus conversaciones y discursos dirigidos a los obreros azucareros.

En 1947, a los 19 años, viajó a La Habana al encuentro de un primo, matriculó en el bachillerato y luego en la Universidad.

El rumbo de su vida cambió el primero de mayo de 1952 al conocer  en el cementerio de Colón a Fidel Castro Ruz, pues nacería una amistad que trascendería los años, los sucesos y la muerte.
Su hermana Haydée –fiel confidente de luchas– y él alquilan un apartamento en el Vedado, desde donde se forjaría la naciente Revolución, aunque nunca dejaron de  preocuparse por su familia que aún vivía en Encrucijada y por las personas de Constancia.

Fue de planeta en planeta/buscando agua potable,/quizá buscando la vida/o buscando la muerte/eso nunca se sabe/quizá buscando siluetas/o algo semejante/que fuera adorable,/ o por lo menos querible,/besable, amable./

Ya involucrado en el movimiento revolucionario, en la noche del 25 de julio de 1953, Fidel pidió voluntarios para atacar la posta número tres. Abel fue rechazado para esta misión, pues Fidel trataba de salvaguardar al segundo jefe del Movimiento 26-7, para que en el caso de que él muriera, Abel pudiera continuar dirigiendo la acción. Se le destinó tomar el hospital civil Saturnino Lora.
Pero cuando la acción armada fracasó, Abel salió a pelear y al ser capturado soportó que le sacaran los ojos y lo torturaran y no consiguieron doblegarlo, ni a él ni al resto de los revolucionarios. Todos prefirieron morir antes que dejarse arrancar una palabra.

Él descubrió que las minas/del Rey Salomón/se hallaban en el cielo/y no en el África ardiente,/como pensaba la gente./Pero las piedras son frías/y le interesaban calor y alegrías/las joyas no tenían alma,/solo eran espejos, colores brillantes/y al fin bajo hacia la guerra./¡Perdón! Quise decir a la tierra/.

El único deseo de Abel era que Fidel viviera, porque él sabía que con Fidel se hacía la Revolución. Abel nunca se planteó vivir él, y “él era la vida misma”, contó Haydée Santamaría Cuadrado en una ocasión.
“Es mejor saber morir para vivir siempre”, dijo a su hermana horas antes de ser asesinado.
Abel no fue solo el alma del movimiento, sino, como diría Fidel, “el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba”.

Supo la historia de un golpe,/sintió en su cabeza cristales molidos/
y comprendió que la guerra/era la paz del futuro./Lo más terrible se aprende enseguida/y lo hermoso nos cuesta la vida./La última vez lo vi irse/entre humo y metralla,/contento y desnudo,/ iba matando canallas/con su cañón de futuro.

A los 93 años de su natalicio este 20 de octubre, aquel joven rubio, con espejuelos redondos de armadura de carey, que vestía pantalón montero y camisa a cuadros el día de su muerte el 26 de julio de 1953, no fue solo el Elegido del cantautor cubano Silvio Rodríguez, quien así tituló la canción que le dedicara al joven ejemplo y modelo de una generación extraordinaria, sino también fue el elegido de los jóvenes de hoy que lo ven convertido en un símbolo de la resistencia del pueblo cubano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Historia Isla de la Juventud
Mayra Lamotte Castillo
Mayra Lamotte Castillo

Licenciada en Periodismo en la Universidad de La Habana; tiene más de 40 años en la profesión.

Colaboradores:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *