LCB, la otra guerra: Un ejemplar abrazo entre historia y ficción

Fernando Hechevarría (El gallo). Foto: Captura de pantalla/Portal de la TVC.

“Si alguien te pregunta ¿Por qué la serie LCB es una genial clase de historia? Solo respóndele, porque, nos muestra que pueblo, no es una masa amorfa, donde todos piensan y defienden los mismos valores e ideales. Donde la riqueza de un terremoto social, como es una revolución, tiene de todo tipo de matices. Y también diles que logró bajar a los héroes de los pedestales, mostrándolos así, sencillamente así, como seres humanos. Y eso mis amigos, no está en muchos de los libros de historia” escribió en un post de Facebook, Orlando Cruzata, una de las personas que más admiro en la televisión porque en ese lugar de hormiguitas, él nunca desmaya, ni se rinde.

Desde que disfruté de la primera temporada de LCB La otra guerra, apunté lo importante que resultaría para la enseñanza utilizar esa serie como parte del programa de clases de historia para adolescentes y jóvenes.

Que yo recuerde en ficción en la televisión, dos hombres dispuestos a dar la vida por Cuba, no se entraban a golpes por el racismo de uno (el guajiro Valentín (Hilario Peña) y el miliciano citadino Nene (Jorge Enrique Caballero), ambos con muy buen desempeño actoral.

Osvaldo Doimeadios (Mongo). Foto: Captura de pantalla/Portal de la TVC.

O que un revolucionario esté inserto en una familia de bandidos, “el miliciano Isaac (Andro Díaz), una creación de los guionistas, basado en tragedias semejantes sufridas en la Cuba de esos años. Quizás la más conocida es la de la familia Tartabull, que vivía en Cumanayagua. José Esteban Tartabull, murió como miliciano en una acción contra los alzados. Su hermano Javier era oficial de la LCB y su otro hermano, Evangelino era miliciano. Pero, el otro, Rigoberto Tartabull fue jefe de una banda”, así lo contó Eduardo Vázquez, guionista de la propuesta.

Pero tampoco (con una actuación memorable de Luis Carrere) un revolucionario había dicho: “Yo no fui un héroe, pero estaba allí”, refiriéndose a que en las grandes batallas a tiro (o de las otras), muchas veces se recuerda solo al pelotón de vanguardia, y se olvida del resto de la tropa, incluso de la retaguardia.

¿Cómo no tener en la memoria esos monólogos de Fernando Hechevarría (El gallo) y de Osvaldo Doimeadios (Mongo) desgarrando sus corazones de hombres sensibles, a pesar de su hidalguía en el combate?  Exacta las lágrimas en el rostro de Enrique Bueno (el poeta) cuando comprobó que el Gordo Yeyo (Rolando Rodríguez) había muerto.

El Gordo Yeyo (Rolando Rodríguez). Foto: Captura de pantalla/Portal de la TVC.

Son sólo hitos de una obra que como dice Cruzata “logró bajar a los héroes de los pedestales, mostrándolos así, sencillamente así, como seres humanos”.

Roly Peña sostiene que “en blanco y negro, un plano medio, un buen actor y guion, el televidente se sienta o se detiene a ver el televisor”. Entonces porque poseía guion (Eduardo y Alberto Luberta) y ACTORES, Fernando, Doimeadiós, Jorge Martínez, Daysi Quintana, Betty Viñas, Keny Cobos, Daliana González y muchos otros buenos intérpretes, ya el director tenía la batalla ganada.

Pero como él dice “un palo solo no hace monte”. Tuvo de codirector a Miguelito Sosa, que pudo aportarle mesura, crítica y paz a los debates sobre cómo actuar una escena, poner un maquillaje o la necesidad de incorporar un parlamento en el guion.  Y de productor a Tony Angulo que saca un tronco de madera de donde sólo hay yerbas.

Foto: Captura de pantalla/Portal de la TVC.

Hablando de maquillaje ¿saben con qué se hizo el excremento que cubría al bandido escondido en el escusado, escena de la primera parte de esta segunda temporada? Pues con hojas, mango, miel de purga y tierra. Porque como en nuestra televisión, hay que inventarlo todo, el maquillaje ideal para esa escena no existía, como tampoco para la sangre en el vientre del Gordo. Eso es trabajar la puesta en escena para que el televidente viva una acción dramatúrgica que se le hace creíble y se emocione, con el trabajo audiovisual hecho para conmover y hacer pensar.

Si el maquillaje estuvo bien, hasta cuando se debía retocar el rostro de un personaje, se le debe a Marta Díaz Álvarez y Zonia Fernández González, encargadas del diseño general de maquillaje.

Cuando un audiovisual, como LCB, está bien realizado además de las actuaciones tiene como protagonistas a la fotografía. (Alexander Escobar) y a la música, (Juan Antonio Leyva y Magda Rosa Galbán), que contó con el diseño de la banda sonora (Alejandro Padrón) y sonido directo (Maykell Alfonso).

La edición (Dayron Vegaz), fue vital y todos esos elementos tenían que ver con dirección de arte de Niels del Rosario, que supo y pudo crear el ambiente propicio tanto en las peleas, arma mediante, como en el juego de dominó o en el hospital de campaña.

Importante la asesoría de dramaturgia (Margarita Ruiz) y no voy a seguir nombrando el equipo integrado por cerca de 90 personas, que se enfrentaron a condiciones difíciles por los escenarios naturales y los preparados.

Eduardo me contó que: “El guion se logró de esa manera por la intervención, ofreciendo datos, vivencias, de los oficiales retirados de la Departamento de Seguridad del Estado, José Luis García y Juan González, de Humberto Rodríguez, director del Museo de Jagüey Grande; de Rodolfo Ortega, Teniente Coronel del MININT todavía en activo, y los asesores históricos Pedro Etcheverry y Luis Rodríguez”.

Roly apuntó que una buena cantidad de extras fue de la unidad de Managua de los que 14 fueron fijos, por eso jocosamente le decían “Son 14”, recordando la agrupación musical. Pero, como siempre, el hiperkinético director puso a actuar a parte de su equipo para que entiendan que “hay que interpretar no representar”.

Todos los actores y actrices fueron entrenados por instructores de las Fuerzas Armas Revolucionarias en el manejo de armas o a la hora de realizar una emboscada.

Enrique Bueno (el poeta). Foto: Captura de pantalla/Portal de la TVC.

Espero que en una futura reposición se transmitan los 20 capítulos, porque al ser divididos en dos partes se perdió el crecimiento del drama por el lapso que medió entre los primeros diez capítulos y el resto.

El asesinato de los niños Yolanda y Fermín, “conocido como El Crimen de los Niños de Bolondrón, fue presentado de manera muy apegada a la historia real. Los alzados fueron guiados por José Rodríguez Díaz, conocido como Cheo el miliciano, primo del padre de los niños. El hecho ocurrió el 24 de enero de 1963, en la finca La Juanita, barrio Galeón del municipio Bolondrón” según escribió Eduardo en febrero pasado cuando se plasmó ese hecho en la primera parte de esta temporada. Entonces, si no se recuerda bien, no es fácil de entender la reacción de Goyo (René de la Cruz), padre de los niños y primo del traidor, encarnado muy bien por Alain Aranda. Quien ha seguido la serie tenía más deseos de ver morir al buenazo de Cheo, que al propio Felo (Jorge Treto), jefe de la banda de asesinos que azolaron este país, instigados por sus amos del Norte.

El guion parte de sucesos reales, pero lógicamente tiene el ingrediente de la ficción porque, a veces, varios asesinatos se unieron en una escena, pero de todas formas es muy bueno conocer de las 46 bandas que se formaron con más 800 alzados desde 1959 hasta 1965, en Matanzas.

Y hasta aquí. Resulta sumamente placentero escribir de una obra en la que, desde el guion, actuación, puesta en escena, fotografía, maquillaje y alta teleaudiencia, con un elevado nivel de gusto, te dan deseos de seguir viendo la serie, aunque haya muertos que duelan (y no nos permitan olvidar cuánto costó llegar hasta aquí). Por lo pronto Eduardo sueña con escribir la tercera temporada y Roly acaricia filmar, por fin, su serie sobre Calixto García, obra que pospuso por asumir la dirección de LCB. Ojalá se cumplan deseos, por el bien de ellos y nosotros.

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